Trump: objeto de preocupación, materia de alarma

El aun sólo presidente electo de los Estados Unidos se ha permitido objetar de modo frontal la decisión de la Administración Obama de pararle los pies al Gobierno de Benjamín Netanyahu en su política de apoyo a los asentamientos judíos dentro en el espacio palestino, contrariamente a lo establecido en la Resolución 242 de Naciones Unidas, que ha sido tanto como la polar jurídica con la que ha navegado el consenso internacional sobre el Oriente Próximo desde el fin la llamada Guerra de los Seis Días, en Junio de 1967.

Este “no asamos y ya pringamos” del presidente electo, ha supuesto tanto como la confirmación de los más pesimista presagios sobre las limitaciones de Donald Trump para el ejercicio de las responsabilidades presidenciales, especialmente en lo que concierne a la política exterior de la
primera potencia mundial.

Hasta el momento actual, las transiciones entre los periodos presidenciales de uno y otro titular de la Casa Blanca se han definido en términos esencialmente limitados, de alcance sólo modal; nunca sobre cuestiones de principio, como lo sucedido ahora a propósito del embate del presidente electo contra el presidente que se va. El titular efectivo del único poder cursante en la democracia norteamericana. El hiato político en la cumbre del poder estadounidense es, dicho en román paladino, un escándalo que fustiga y daña la ejemplaridad institucional y el prestigio histórico de la democracia estadounidense.

La embestida del presidente electo contra la abstención de Washington en la votación contra la política expansionista del Estado de Israel sobre territorios palestinos, por vía de asentamientos de colonos judíos, supone una sacudida tal contra el proceso de transición entre una presidencia y otra que hace abortar no sólo el propio proceso político de cambio presidencial sino el principio de continuidad de las gestiones presidenciales en que se basa el paradigma constitucional norteamericano.

Otro aspecto del problema planteado por la pata de banco del presidente electo es el de la confirmación que ello ha supuesto de cuántas reservas se hicieron en su día sobre su carencia de idoneidad para el desempeño de las vastas responsabilidades que implica la magistratura a que aspiraba. Su éxito personal en el mundo de los negocios, el ingente caudal de su fortuna, no cabe entenderlo, en modo alguno, como garantía y aval de capacidad para el desempeño de las responsabilidades inherentes a la condición de los asuntos de Estado.