Alepo, un caos de sangre sin tregua

Mientras la ONU denuncia ejecuciones sumarias por las fuerzas gubernamentales, vuelven los combates en el derruido escenario urbano de Alepo, luego de sólo unas horas de las armas regresadas al silencio. Se cumplen los escenarios vaticinados por Al Assad en las vísperas del infierno en que se ha convertido la capital económica del país, al cabo de los cinco años largos de guerra en que está sumida la Siria que yo recordaba en el otoño de la Guerra del Ramadán, cuando regresaba hacia Beirut desde Damasco, un domingo de adelfas, moecines y campanas, luego de que, en las vísperas, la aviación israelí bombardease la Embajada soviética.

Los hilos de la diplomacia en aquellas calendas de la Guerra Fría habían funcionado mal que bien, con las visitas de Kissinger a Moscú porque las reglas de juego entonces operantes lo permitían desde lo definido de los intereses que entonces estaban en juego. Principalmente, por el concurso arbitral del valor del petróleo, de una parte, y, de otra, por el endoso inequívoco de los Estados Unidos a la causa de Israel.

El conflicto aquel de la Guerra del Ramadán o del Yom Kipur, vino a encontrar salida por la vía del trueque global. La entonces cimitarra de la OPEP, vía precios del crudo, degolló la década de la prosperidad occidental de los años 60, mientras que, en contrapartida los árabes de Egipto recuperaron la península del Sinaí. Desembocando todo en un ciclo nuevo de las dialécticas entre los árabes e Israel. Pero amaneció entonces la dialéctica de los demoledores integrísmos respectivos: la talmúdica que se llevó por delante la vida de Isaac Rabín, y la islámica de los Hermanos Musulmanes que hizo lo propio con el presidente Al Sadat.

Este conflicto intestino de Siria es, obviamente, de naturaleza bien distinta. Aquel del Ramadán o del Yom Kipur pertenecía a la guerra de religiones entre semitas. El actual, a una guerra de sectas; de sectas islámicas, de suníes contra chiíes. Pero uno y otro choque bélico han tenido adosados sus correspondientes patronos, ajenos en sus intereses respectivos a los credos en guerra. Al propio tiempo, políticamente estructurados de distinta manera. De ahí la no resuelta dificultad de pactar y sostener toda tregua. El cálculo geopolítico ruso, por ejemplo, es distinto del cálculo y los intereses de la República Islámica de Irán. La asimetría explica mucho la trágica crueldad de la batalla de Alepo.