Desde la muerte del General de los jesuitas

A la muerte de la muy poliédrica panorámica política internacional sobrevenida desde el mundo hispanoamericano en adelante, con la muerte de Fidel Castro, especialmente en los espacios eclesiásticos de ese mundo más signados por la llamada Teología de la Liberación (en los que ha destacado El Salvador, por el asesinato en su día de Ellacuria otros jesuitas de la llamada Teología de la Liberación); y al seguimiento de las reacciones que ante este hecho formidable en Cuba se producen desde la escena política norteamericana, corresponde integrar ahora en los análisis la muerte en Beirut de Peter-Hans Kolvenbach, tanto o más que sólo un gozne del menester apostólico vaticano en el último cuarto de siglo.

Como Prepósito de la Compañía de Jesús, Kolvenbach ha sido el engranaje entre la orilla representada por el Padre Arrupe, arrumbado desde el Papado de Juan Pablo II, 24 años atrás, y la del desempeño de este jesuita holandés. Entre una orilla y otra, un tiempo de tribulación en el orden teológico. Un tranco histórico en el que las cuestiones ideológicas y políticas se barajaron y cocinaron con las premisas teológicas. Fue el tiempo inicial el despliegue de la llamada Teología de la Liberación. En el mismo rutila, por la memoria de los menos jóvenes la imagen de aquel gesto admonitorio de Juan Pablo II, durante su visita a Nicaragua en 1983 ante el Jesuita Ernesto Cardenal, por sus manifestaciones marxistizantes de adhesión al régimen -ya por entonces – de Daniel Ortega.

Dentro del neblinoso clima teológico adosado al Concilio Vaticano II cupo pensar que con el “aggionarmento” germinara en la Compañía y otros espacios de la intelectualidad católica, cuajara la apreciación de que así como la filosofía escolástica resultó de la “evangelización” de la filosofía aristotélica, estaba pendiente en nuestra actualidad histórica la “evangelización” de la filosofía de Carlos Marx. De ello y de su praxis derivaría la llamada Teología de la Liberación. De ese batido mental, con Marx de una parte y Lenin de otra, montada sobre la motorización de los Evangelios, resultaría una levadura ideológica de tan cumplida aplicación por el castrismo, desde Centroamérica hasta el Cono Sur durante el dilatado tranco histórico de la Guerra Fría.

Las premisas actuales son otras.