¿Prosigue el castrismo sin Fidel?

El hecho de que siga otro Castro (Raúl) al frente del régimen cubano, como jefe del Estado que lo representa, no significa necesariamente que el sistema comunista, en digamos su expresión hispánica, vaya a continuar . Con la desaparición del creador del sistema que barrió y reemplazó cuanto había en la llamada “perla de las Antillas”, por lo que allí ha imperado hasta el presente desde el derrocamiento del régimen del sargento Batista y la entrada victoriosa en La Habana de las huestes guerrilleras de Sierra Maestra.

El castrismo, históricamente, es bastante más que lo representado por su expresión metropolitana, cubana. Su realidad incluye la huella formidable, el surco creado de más de medio siglo, por su paso y proyección a lo ancho del entero hemisferio hispánico de Sudamérica.

Por eso, la realidad abarcada en la interrogación que encabeza esta nota tiene un alcance bifronte. De una parte, la referida al destino del gobierno de la república cubana. De otro lado, lo que concierne al conjunto de Estados nacionales iberoamericanos que comparten vinculaciones políticas, económicas y también, muy significativamente económico-políticas, como es el caso de la Venezuela bolivariana instrumentada por el chavista también desaparecido Hugo Chávez.

Bolivia, Nicaragua y Ecuador, representan en diverso grado y significación otro plano de trabazón sistémica en el universo castrista actual, al que se quiso incorporar a la República de Honduras durante el mandato del presidente Zelaya, cuando éste quiso ampliar ilícitamente el número de sus mandatos constitucionales, lo que llevó a un golpe de Estado.

La importancia de la huella castrista en el espacio iberoamericano, pero también en África, creció proporcionadamente al modo en que la Guerra Fría, ausente del mundo occidental, encontró en los alternativos ámbitos continentales, los escenarios dónde desplegarse. Incomprensible sería sin su concurso del triple episodio de las dictaduras militares en el Cono Sur, con el proceso revolucionario chileno del Allendismo, la dictadura militar uruguaya y la represión castrense en que desembocó la ofensiva conjunta de las izquierdas argentinas. Nada de todo aquello cabría explicar sin el concurso revolucionario del castrismo, cuyas esporas y semillas prendieron como catalizadores instrumentales de las estrategias soviéticas durante el ciclo terminal de la URSS.
El acceso a las nuevas realidades de la inestabilidad internacional, adobada por otros factores esencialmente nuevos – como el radicalismo terrorista islámico – resta ocasión y escenarios al revolucionarismo de corte castrista. Sólo perviven algunas de las vejas claves en el espacio sudamericano, dónde el chavismo ya residual tendría alguna oportunidad con las riquezas del Orinoco si sobreviniera el milagro de una recuperación de los precios del barril de petróleo. El último sueño al que pareció aferrarse la imaginación del Castro en su lecho de muerte para traer a Europa, con el populismo rojo, el conflicto que la otra Guerra Fría no pudo. Poco margen le queda al castrismo sin Fidel para recomenzar, ni en Cuba ni fuera de ella