Los palos de Erdogan alejan a Turquía

Se veía venir. La contumacia de Erdogan en la represión política que ha seguido al fracaso del golpe de Estado del pasado mes de Julio, con detenciones indiscriminadas entre el creciente número de desafectos a la radicalización islamista de su política y la progresión de las depuraciones entre el funcionariado civil y el militar; además de las restricciones, cada vez más perceptibles, de la libertad de información.

El endurecimiento, en fin, de lo que era una democracia homologable con las de las naciones integradas en la Unión Europea, ha tenido el correspondiente acuse de recibo en el Parlamento de Estrasburgo. De tal suerte, la Eurocámara, que de siempre apoyó el proceso de aproximación turco a las instituciones europeas, ha dado un paso atrás y, con los votos de socialdemócratas y de la derecha, se ha pronunciado por un alto en seco. Algo que, de otro punto, no tiene traducción ejecutiva, puesto que, al respecto, sólo es el Consejo Europeo la única institución que dispone de la potestad de decidir.

Pero es de interés advertir de qué manera el populismo aventado y retroalimentado por el suceso presidencial norteamericano, se ha venido a registrar en la abstención de los lepenianos franceses y los faragistas británicos, aparte de la radical excepción austriaca.

Pero en lo que menos se repara, sobre la dinámica turca activada por Reecip Erdogan, es en el factor étnico-cultural de la constante uroaltáica. Un componente al que la nueva dinámica asociativa entre el mundo asiático y la danza geopolítica putiniana, parece activarse a levante de los Urales, invirtiendo el sentido de marcha de los turcomanos en el mundo europeo y occidental. Y en todo caso será de tener en cuenta el impacto y repercusiones todas que genere la incidencia global promovida por el aterrizaje de Donald Trump en la Casa Blanca en el futuro de las globalizaciones para la política, los mercados y las estrategias económicas que les acompañen. Ni Turquía ni ningún Estado puede pensarse como pieza suelta.