El bilateralismo ordena las prioridades de Donald Trump

Por el orden en que han aparecido las materias que encabezarán su acción de Gobierno a partir del próximo 20 de Enero, Donald Trump ha definido las que parecen prioridades temáticas efectivas de su programa. Un orden que por sí mismo precisa y jerarquiza los énfasis correspondientes a cada uno de los puntos programáticos contenidos en su campaña electoral.

Advertido que el bilateralismo es principio que por sí cabe entender como premisa mayor de su discrepancia con la política seguida por el presidente Obama, orientada al multilateralismo, implícito de la globalización, tiene absoluta preferencia en el orden de las prioridades del presidente electo la retirada del Tratado Comercial del Pacífico, poco menos que la niña de los ojos del presidente saliente de la Casa Blanca. Promotor del mismo en 2015, como espacio inclusivo de 12 países signatarios y excluyente de China, la segunda economía mundial.

Lo propio para el Presidente electo y su liberalismo radical en lo económico es la brújula que tiene por norte la desregulación; o sea, la disminución de toda carga normativa. De tal suerte que la incorporación de cada norma nueva, advierte Donald Trump, supondrá la desaparición de dos normas precedentes.

Pero en el radicalismo de mercado y en la procura de la transparencia máxima que quepa establecerse en la relación entre lo público y los intereses particulares, merece destacar, entre los cambios políticos anunciados por el presidente electo el cambio, restrictivo anunciado en la regulación del mundo del “lobby”, tan identificado con la vidriosa cuestión de las llamadas “puertas giratorias”; es decir, el tránsito irrestricto entre el desempeño de una responsabilidad política y el acceso a instancias privadas de poder económico.

Junto a esta aproximación informativa sobre las concreciones de lo que será la política efectiva del Presidente electo, parece justo señalar que lo decantado en términos de imagen sobre el mismo no se corresponde estrictamente con la del mal sin mezcla de bien alguno.

A las desmesuras y desgarros de campaña sólo podían seguir discontinuidades, tanto en la forma como en el fondo. Desde la no tribulación del triunfo era preciso hacer mudanza. No hacerla resultaba descabellado.