El Brexit de Picardo en Gibraltar

Hechas las pertinentes salvedades de tiempo – que no dé lugar en ningún caso – la peripecia en Gibraltar del hombre de “VOX” en Madrid, Nacho Minguez, parece sacada de un bajorrelieve de la novela de Pérez Reverte sobre el sitio de Cádiz por las huestes napoleónicas durante la Guerra de la Independencia, mientras se guisaba a fuego lento “La Pepa”: la primera, más plenariamente hispánica y más ilusionada de todas nuestras Constituciones.

Cuando el gen de los Picardo Antecesor quizá se columpiaban aun, en el azar de la frecuencia casual de los genes; en la duda de si permanecían entre los riscos de Malta, revueltos entre la piratería de recuelo, o instalados ya como cantineros en los ventorros de Cádiz o del propio Peñón. Pero siempre al servicio de la tropa corsaria, derrotada en la Cartagena de Indias por Blas de Lezo. El vascoespañol más aborrecido por la grey del sabinismo beato y separatista.

Las sevicias, atropellos y toda suerte de malos modos aplicados por la policía colonial gibraltareña a Minguez y su abogado saben a una suerte de “Brexit” de taberna con la que Picardo haya querido remedar los desahogos y orgasmos de Nigel Farage por el corte de amarras británico con la integración en el otro lado del Canal, partiendo de sus competencias delegadas (por Londres) sobre la cascarria de Tarik.

De momento, la estolidez cipaya y malasombra de Picardo se ha resuelto en materia de investigación de la Audiencia Nacional por torturas a un político español. ¿Será cuestión, al aire de, mientras investiga, hacer alguna nota útil para declarar persona “non grata” al sujeto de gen desconocido?