Duterte, hacia el divorcio de Filipinas con EEUU

Rodrigo Duterte, el polémico y deslenguado presidente de Filipinas, después de que Pekín se pasara por el arco de triunfo el fallo favorable del Tribunal Internacional de La Haya sobre las aguas territoriales propias, tras la apropiación de uso realizado por el expansionismo naval chino en el mar de su propio nombre – al igual que lo sucedido sobre aguas territoriales de Vietnam y de Formosa -, además del disputado y deshabitado archipiélago de Senkaku con Japón, Duterte acaba de suscribir detonantes acuerdos comerciales con la segunda economía mundial; acuerdos que implican un giro de 90 grados en su trayectoria de sintonía histórica con Estados Unidos y de su actual implementación con la ASEAN en el Pacífico Occidental, integrada por Malasia, Indonesia, Brunei, Vietnam, Camboya, Laos y Singapur.

Los acuerdos suscritos por el presidente Duterte con el Gobierno chino tiene a primer golpe de vista variada significación: el interés de éste en consolidar una situación de hecho, acorde con el sentido de la apuesta de Pekín de constituirse en potencia naval, como expresan sus cuantiosos gastos en la construcción de grandes portaviones y otros navíos, que no sólo revelan un propósito de presencias disuasorias en el ámbito de los Estrechos Orientales, que enlazan el Océano Pacífico y el Océano Índico – por dónde discurre un 30 por ciento del comercio mundial – y que define, asimismo, el propósito chino por definir su directa presencia tanto en el Mar de Omán, por las rutas de los grandes petroleros que rodean África por el Cabo de Buenas Esperanza, y de los transportes convencionales que ponen proa al Mar Rojo para entrar en el Mediterráneo por el Canal de Suez.

Y todo ello sin contar el interés genérico de presencia oceánica china en los contornos del continente africano, ámbito de sus inversiones a lo largo de los muchos años de siembra de capitales desde su inicio en los tiempos de Chu en Lai. Unas inversiones, por cierto, especialmente centradas en metales estratégicos.

Pero acaso lo más relevante del giro del actual presidente filipino sea el principio de distanciamiento de los rumbos políticos definidos por lo que cabría llamar la estela del general MacArtur durante la Segunda Guerra Mundial y después de ella, y la prevalencia de nuevos criterios centrados en una preferencia por la configuración del Océano Pacífico como primer escenario económico mundial. Por encima de lo que ha sido hasta ahora el Océano Atlántico.