Rendirán cuentas ante Dios

Comentaba días atrás las diferencias de potencial crítico entre la crisis de Ucrania, desatada por las anexiones rusas de la península de Crimea – acompañada de la intromisión armada de sus milicianos en las provincias orientales del país -, y el decurso de la guerra civil en Siria, dónde la propia Rusia putiniana acumula también responsabilidad propia con sus bombardeos mercenarios al servicio de Bashar el Asad, centrados sustancialmente, en esta última fase del conflicto, sobre la demolida ciudad de Alepo, dónde subsisten focos de resistencia al régimen y sobrevive una población civil literalmente demolida también, entre los residuos de las instalaciones hospitalarias.

Los episodios de brutalidad no cesan y día tras otro crece la cuenta de las muertes que incluyen al personal médico y sanitario que se afana, en la atención a los heridos y en el rescate, entre los escombros, de éstos y de los cuerpos ya sin vida. Se trata no sólo, una vez más, de los horrores de toda guerra, sino de la extremosidad política y militar de unas prácticas de combate que vulneran los límites a partir de los cuales se incurre, viciosa y sistemáticamente, en el genocidio.

Pero algo hay que enlaza la brutalidad de la intervención rusa en la guerra de Siria con las prácticas del mismo origen observadas en la crisis político-militar que se desarrolla en Ucrania con la anexión rusa de Crimea y los subsiguientes episodios armados en el país de las tierras negras. Ese hilo no es otro que el nexo causal que lo enlaza con el interés del Moscú de Putin en asentarse geopolíticamente en Siria: asumiéndola como cabeza de puente entre las aguas del Mar Negro – atendidas por la base de Sebastopol, en Crimea – y las de la cuenca mediterránea con la base naval siria de Lataquia.

Vladimir Putin tiene asumida como tarea histórica propia remontar la “catástrofe estratégica” que para él significó la desaparición de la URSS. Ello es su norte militar, del que no se desvía mientras le dejen. Así, junto a lo dicho sobre aquello que su aviación perpetra en Siria, debe recogerse hoy el hecho el hecho de que la investigación internacional le implique en el lanzamiento por milicianos pro-rusos que operaban en el Este de Ucrania, mediante la plataforma del misil puntualmente traída desde territorio ruso y seguidamente retranqueada a su punto de origen, que derribó en el cielo de Ucrania el MH17, el avión comercial de “Malasia Airlines” el 17 de julio de 2014, cuando volaba desde Ámsterdam a Kuala Lumpur, con 298 personas a bordo. Todo un hito genocida que está en paralela onda de los bombardeos de Alepo.

El Papa Francisco, refiriéndose a los responsables de estas atrocidades, ha dicho, simple y llanamente, que “rendirán cuentas ante Dios”. Pues eso.