La “potestas” de Erdogan devora la “auctoritas” del Estado turco

Después del fallido golpe de Estado en Turquía, del día 15 del pasado mes de julio, el encarcelamiento sin límites aparentes de funcionarios del Estado de toda condición, en su rama militar y en su componente civil, junto a los que conciernen a los más diversos estamentos sociales y profesionales, lleva a una percepción panorámica de la escena política turca que, en lo político, parece encontrar su paralelo en alguno de los devastadores cataclismo sísmicos que asolaron ciudades en el Imperio Romano de Oriente, dentro del espacio del actual Estado turco. A lo que se ve, la tectónica de placas parece en ocasiones extender su comportamiento desde el fondo geológico que le es propio. a la dinámica propia de la política, cuando ésta se sumerge en la radicalidad de sentimientos e ideas: desbordándola y llevándola a rangos de insospechable ruptura.

La forma en que el régimen de Recip Erdogan ha llevado y mantiene su política de involución frente al problema kurdo, luego de haber cortado el abierto proceso de negociar de algún modo el problema del Kurdistán, parece haber llevado a una dinámica que ha terminado por desquiciar las bases de estabilidad mínimamente necesarias para conciliar no sólo las tensiones derivadas de la tensión entre lo civil y lo religioso, sino también las propias de la heterogeneidad étnica y cultural entre la cepa del arco kurdistano que se extiende desde la propia Turquía hasta la misma República Islámica de Irán, pasando por los tramos geográfico- políticos de Siria a Irak.

Cierto resulta también -y del mayor alcance crítico dentro de tal heterogeneidad de factores- es, de una parte, el dato geopolítico que explica la danza de tensiones y alianzas en las relaciones del Estado turco con la Federación Rusa, y de otra parte, el peso de los intereses y de las ambiciones económicas que motorizan y tejen las variables entre Moscú y Ankara, además de las intermitentes distonías entre Ankara y Washington; por causa, entre otras razones, del apoyo que aporta Turquía – pese a ser miembro de la OTAN -al Gobierno de Damasco, apoyado por Vladimir Putín, y a despecho de la alianza occidental (con Estados Unidos) favorable y protector de los kurdos pesmergas, enfrentados con éxito militar probado a la ecuación terrorista del autollamado Estado Islámico. Asistidos éstos, al propio tiempo, por una unidad militar de élite compuesta por 300 soldados.

Por si algo faltara a la inquietud que provoca la borrosidad y el desdibujamiento en que se difumina el perfil interno y externo del Gobierno de Erdogan -beligerante en ocasiones contra la Prensa discrepante-, la resultante a que se llega es a una suerte de deslegitimación y de pérdida de fiabilidad de la propia Turquía como socio, Estado e interlocutor fiable.