Implosión carcelaria de los Derechos Humanos en Siria

Las denuncias de Amnistía Internacional sobre las atrocidades cursadas en la cárcel militar siria de Saydnaya, en las afueras de Damasco, con un balance de 17.725 muertes de reclusos desde 2011, año del comienzo de la sangrienta guerra civil que padece el país desde el fracaso, allí también, de la llamada Primavera Árabe. Un vector de cambio que arrancó en Túnez en 2010 con la caída de su régimen autoritario y siguió por el norte de África, llevándose por delante los de Libia y Egipto, y encallando con brutalidad, de modo muy principal, en el Estado sirio, además de naufragar en los episodios de Bahrein y Yemen.

Aquella sacudida política en formato de revolución democrática vendría a probar una vez más eso, tan evidente, de que la libertad política requiere como condición previa la existencia de un Estado establecido sobre condiciones de derecho y división de poderes. Todo lo cual, además, presupone formatos culturales sólo concebibles en términos de una muy concreta civilización occidental y cristiana.

Pero observaciones tan obvias no bastan para explicar cadenas de sucesos como los que se engloban en el curso de la guerra civil siria. Otras complejidades comparecen y explican hasta la saciedad los hechos en esta ocasión denunciados por Amnistía Internacional.

El juego infame del ejercicio ruso de su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, ha impedido que prosperaran tales alegatos en defensa de los derechos humanos establecidos por la Ley Internacional. Para la diplomacia rusa es un servicio de complicidad estratégica con el Gobierno de Damasco. Sin ello el régimen de Al Asad no podría sostener esa práctica carcelaria en la que han muerto tantos miles de sus enemigos políticos, por mucho que abunden entre ellos los yihadistas del llamado Estado Islámico, o de Al Qaeda.