Por el humo se sabe…

Encontrada una de las cajas negras del avión de “Egyptair” con sus 66 víctimas a bordo, destruido en el vuelo París – El Cairo, se ha sabido, por averiguación francesa – ya que en Francia se hizo el ensamblaje final del avión – que hubo humo en la cabina de servicios inmediata a la de los pilotos. Y por el humo se ha sabido que hubo fuego, pero no de simple combustión, sino de deflagración. De estallido bastante para abatir la aeronave a unos 300 kilómetros de la vertical de Alejandría.

Y si se sabe que medió una detonación, ha podido conocerse también, consecuentemente, que el atentado se dispuso en París. Con bomba adosada a un mecanismo de relojería, para que estallara junto a la proximidad del espacio aéreo de soberanía de Egipto.

La liturgia del terror islamista propia del EI (“Estado Islámico”) habría así ligado, de un extremo al otro de la parábola final del vuelo, su origen francés y su destino egipcio: los dos referentes nacionales del odio bifronte a la Francia dónde desde un semanario de humor insultó a Mahoma, y el Egipto cuyo régimen militar apartó de la circulación política a la liga sectaria de los Hermanos Musulmanes, por vía de un golpe de Estado del general Abdul Fatah al – Sisi contra el régimen islamista impuesto previamente por el presidente Mohamed Morsi, después de que éste cambiara, sin atribuciones legales, la Constitución democrática por la que alcanzó la Presidencia de la República, luego de que la revolución de la Plaza Tahir derrocara el régimen naserista del presidente Mubarak.

Mohamed Morsi giró a una normativa abiertamente islamizante enfocada hacia el integrismo coránico inspirado en el waabismo que ha nutrido las Madrasas: escuelas doctrinales que han oficiado (y en ello siguen por Asia) como laboratorios formuladores de las concepciones más radicales de la doctrina del Profeta.

Por estos antros de fanatismo islamista pasó Ben Laden para conformarse en radicalidad y crear la concepción terrorista de Al Qaeda, al igual que la seguida por los talibanes afganos. O sea, de esa misma cepa de la que han brotado las huestes del Estado Islámico. A cuya autoría corresponde con toda probabilidad el crimen perpetrado contra el avión de “Egyptair”. Y de cuyo encono son de prever otros atentados, especialmente en Europa y en el norte de África.