Atrocidades sin barreras en la guerra de Siria

Puede que no haya guerras más despiadadas que las guerras de religión. Ese género de violencia política en el que Siria se ahoga va ya para seis años, es la última y más descarnada prueba de la inhumanidad en que puede enconarse un conflicto político enraizado en resentimientos religiosos.

Lo ahora ocurrido mediante el ataque aéreo en la ciudad de Alepo, específicamente ejecutado contra un hospital “Al Quds” de Médicos sin Fronteras, causante de 20 muertes, entre ellas las de tres niños y la del pediatra que les atendía, se ha visto replicado por las bajas en el espacio residencial de la misma población en poder de los rebeldes, y que por ello es objeto de la presente ofensiva gubernamental.

La “dialéctica de las situaciones concretas” – que dirían nuestros leninistas de ahora encuadrados en el podemismo – llevaría a la explicación que se hace en los medios, en el sentido de que el apoyo ruso al Gobierno de Asad y sus aliados naturales del chiísmo – libaneses, iraquíes e iraníes de la misma fracción islámica – explica la presente ofensiva del Gobierno de Damasco para rescatar el terreno perdido en la anterior fase de la guerra. Llevando consigo el efecto de romper el alto el fuego que se había conseguido acordar en las negociaciones de Ginebra, impulsadas por del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Y es precisamente en el Consejo de Seguridad adonde vendrá nuevamente a rebotar el problema de la guerra político-religiosa en Siria. Urge por eso la plena restauración del alto fuego – que se había conseguido alcanzar y que duró sólo unos pocos días -, mediante la concertación lograda por el mediador italo-sueco De Mistura, comisionado por la ONU. Pero también algo más…

El nuevo alto el fuego habría de ser el pórtico de una concertación internacional que estableciera los presupuestos para que esa guerra acabe de una vez en sus actuales enunciados. Y así se dé paso, mediante el acuerdo internacional, a la extirpación del tumor yihadista en Oriente Próximo; en sus bases africanas de Libia, Somalia y el Sahel. Y después, policialmente, el casi concluyente y prolijo proceso de desactivar el campo de minas en que el yihadismo pretende seguir convirtiendo Europa.