Esgrima policial irano-saudí

Unos se van y otros vienen. En el plazo de unos pocos días, la secularización saudí de su propia policía para las cuestiones religiosas y el magisterio de costumbres (materia que alcanzó su ápice el pasado enero con la detención en Arabia del clérigo chií Nimr al Baqr Nimr, y luego, recientemente, con su ejecución a la espada junto a 40 reos de terrorismo). Esa secularización ha sido replicada por el régimen teocrático de la República Islámica de Irán con el reforzamiento de la fiscalización policial de la indumentaria femenina, mediante la multiplicación del número de agentes y la ampliación de los requisitos indumentarios exigidos a las mujeres.

Si lo primero trajo como efecto una respuesta “popular” mediante el lanzamiento de cócteles Molotof contra la Embajada de Arabia en Teherán -, que condenó el Gobierno del presidente Rohani, envolviendo con ello la expresión del disgusto oficial iraní por el ajusticiamiento del clérigo, también el refuerzo de Irán de sus efectivos policiales con los que reprimir el supuesto desmadre indumentario de las mujeres, parece querer significar un subrayado de Teherán en el sentido de que en esa otra orilla del Golfo del Golfo del Petróleo, la el mayoritario chiísmo se tiene un celo mayor en el cuidado de los entornos morales de la Sharia. De la Ley Islámica.

En todo caso, esta evolución de las tensiones entre Teherán y Ryad viene a revelar cuales los índices efectivos, los rangos ciertos de sus magnitudes de fondo, en la medida que toda discrepancia se resuelve en chispazos susceptibles de convertirse en cuadros de ignición militar y política. Tal como ha ocurrido con la guerra del Yemen y tal como sucede también – siempre desde la discrepancia religiosa en el Islam – respecto de la guerra civil en que Siria no deja de desangrarse.

Aunque es desde la percepción de las tensiones geopolíticas del Oriente Próximo y del Oriente Medio – en Siria, en Yemen y en Iraq – dónde más nítidamente se advierte la profundidad de los desencuentros irano-saudíes. Como así lo expresa la dificultad de la diplomacia estadounidense para aprovechar las condiciones resultantes del acuerdo internacional suscrito con Irán tras del acuerdo de liquidación de su programa nuclear. Para el presidente Obama, su actual visita a Ryad tiene todo de marcha forzosa por un camino de cabras, hecho en medida cierta de los propios errores.