Nigeria, como la Venezuela (económica) africana

El fracaso de la Cumbre petrolera de Doha, por la ruina política de las relaciones entre la República Islámica de Irán y el Reino de Arabia Saudí, ha cerrado el paso a la última iniciada recuperación de los precios del petróleo – en seis dólares – que sólo se mantuvo 24 horas.

El hecho de que recientemente rodara en Ryad – bajo el filo de la espada – la herética cabeza de un notable chií, como rueda cuesta abajo el precio del barril de petróleo, ha sido al parecer uno de los eslabones de la cadena causal que ha llevado al fracaso de la Cumbre en la capital del Estado de Qatar, convocada para acordar el recorte de la exportación. A lo que se ha opuesto Irán.

La mezcla explosiva de la política y la economía con la religión, y de ésta con la ideología y todo lo demás, ha sido causa más que suficiente para que resultara imposible una cirugía de urgencia con la que recomponer los consensos en el seno de la OPEP y, de ahí en adelante, acordar el rescate para el gobierno en común de los precios del oro negro; principalmente por la vía de regular la oferta de esta crítica materia prima.

Ese histórico propósito de gobernar sindicadamente el flujo del petróleo a los mercados, al objeto de que su precio se mantenga en pactados márgenes de remuneración para los integrantes del sindicato de oferta en qué consiste la OPEP, ha debido lidiar con una variada serie de circunstancias. De una parte, las derivadas de los propios ciclos económicos, alcistas o bajistas; de otra, los cambios habidos en el número de productores y de la proporción entre los sindicados como miembros de la OPEP y los que se han ido incorporando al mercado, al margen de ésta, a la oferta global de crudo.

También, asimismo, a esos cambios se ha ido sumando el peso de las nuevas tecnologías extractivas y sus consecuentes modificaciones en los costes de producción, con la consecuente repercusión en el rango de los precios y en la evolución de los beneficios.

Reparando en estas menos que obviedades, se advierte, tal como están ahora las cosas, en términos de ciclo económico y en otros de distonía política, discrepancia ideológica o religiosa, se advierte, digo, que el fracaso de la Cumbre de Doha haya sido el más probable de los resultados que cabía esperar de ella. Lo mismo que los agobios puntuales de los países exportadores de crudo derivan de otro tipo de dificultades; principalmente, del nivel de dificultades internas con las que cada uno encara el sostenido peso de la coyuntura económica global para los precios del crudo.

En este sentido, es notable el curioso paralelismo que concurre en los casos de Nigeria y Venezuela, exceptuadas, claro está, las diferencias políticas, religiosas, económicas y culturales entre ambos casos. En lo que atañe al petróleo destaca el compartido hecho distorsionador, en términos estructurales, de relegar la producción propia de bienes de consumo supliéndola con las correspondientes importaciones, con las compras sostenidas en las rentas obtenidas de las propias exportaciones de crudo en los periodos de bonanza económica. Pero en términos de comparación escalar, nada tiene que ver la caída del crecimiento económico nigeriano desde el 6,3 en 2014 al 2,3 en 2016. Mientras que en Venezuela, la inflación por encima del 200 por ciento, se acompaña del desabastecimiento de todo en comparación con los años anteriores al chavismo, cuando a los venezolanos se les llamaba en Florida y California los “tabaratos” por el poder adquisitivo del bolívar con el que pagaban.