La hermética tozudez norcoreana aproxima Pekín a Washington

Pyongyang

Dentro de la preferencia temática que el presidente Obama otorga al problema nuclear - más allá del histórico relieve otorgado a los peligros de la proliferación nuclear -, la reacción que ha provocado en Pyongyang el último castigo votado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (incluido el de China, que es su único soporte internacional), parece haber llevado más allá de lo nunca lo hizo el entendimiento al respecto de la apertura diplomática recíproca entre Washington y Pekín.

La insistencia norcoreana en las provocaciones balísticas dentro del espacio marítimo en el nordeste asiático, así como las baladronadas sobre sus supuestos progresos armamentísticos, ha traído consigo el fortalecimiento de la relación chino-americana pese a las sobrevenidas tensiones por la presión china contra los intereses marítimos de los aliados regionales de Washington en el Sureste asiático, y también por la carrera presupuestaria de Pekín en sus gastos armamentísticos, especialmente en el orden de su poderío naval.

Pero las cosas van más allá. La mejora de la sintonía originada por las bravatas y prácticas norcoreanas incluye a los aliados estadounidenses en la región, tanto los del sur, en el formato de la ASEAN, como a la propia Corea del Sur y al mismo Japón, cuya nueva doctrina de la defensa opera hacia el rescate, por el actual Gobierno, de los criterios semejantes, por proactivos y no pasivos, a los de la última guerra mundial.

De tal manera, contra lo que pudiera haberse esperado, la dialéctica norcoreana de las amenazas y el desafío, en vez de amedrentar a sus vecinos y de todos sus adversarios históricos, ha operado como catalizador de todo lo contrario y, sobre todo, de la desactivación progresiva de los apoyos sistemáticos que desde el primer momento le brindó la China refundada por Mao.

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