La inestabilidad de Brasil, sumada a la de Venezuela

Cuando el barril de petróleo rueda cuesta abajo, tanto en sus variables económicas como en las políticas y las económico-políticas, las consecuencias resultantes se resuelven en efectos de alcance estructural. Especialmente cuando el factor barril, por unas cosas o por otras, es de una cualificada potencia relativa. En el megasuceso de Brasil, por la magnitud el suceso de “Petrobras”, igual por abundancia amazónica del yacimiento submarino en el Atlántico – vecino en parte de sus hermanos angoleños -, que ha succionado críticamente el equilibrio moral de la clase política brasileña.

Y antes en el tiempo, en el caso de Venezuela, porque eran tantas sus potencialidades que los Gobierno del país, cegados por tan inmensa riqueza de oro negro en la cuenca del Orinoco – engolfados en el “monocultivo “- abandonaron toda fuente de producción que no fuera la de la industria extractiva del oro negro. Y así, cuando en el chavismo vinieron las vacas flacas, llegó el crujir de dientes; tanto por la bajada de ingresos que comportaba la caída del precio del barril, como por la dilapidación consumada de los fondos acumulados en el altar de las fantasías ideológicas en las que deliraba el “Socialismo del Siglo XXI”.

Una dilapidación dónde se incluyó, sostenidamente, el riego de las adhesiones hemisféricas a la retórica populista hispanoamericana acuñada desde Caracas y, como cláusula de estilo, el riego de las franquicias populistas operantes en el agitado foro de la metrópoli española.

Pero, deflactado en su correspondiente medida el rango de causalidad atribuible al peso distorsionador del petróleo atlántico de Brasil, es lo más relevante y singular, en este enorme suceso de defección política que engulle al actual Gobierno de Brasil, el monstruoso olvido de cuánto el “lulismo” – encarnado por el anterior
Presidente y la actual Jefe del Estado – hizo para rescatar el Brasil del marasmo político y económico en que se debatía, cumplida la transición a la democracia desde el último ciclo autoritario y resuelto por Lula da Silva el problema de la deuda externa en que el país se debatía. Un éxito de gestión internacional de enorme similitud y gran paralelismo con el logro del presidente Macri, en Argentina, con los Fondos Buitre.