La yihad convierte Europa en un campo de minas

El yihadismo, el terrorismo islámico, reitera, tras de los atentados de este martes en Bruselas, su consolidada condición de bomba de tiempo – instalada y operativamente secuenciada en sus explosiones – bajo el vientre urbano de Europa. Dentro de su identificada dinámica, correspondía en los análisis policiales belgas – tras de la detención dos días atrás del tal Abdeslam, responsable de la coordinación de los atentados del 13 de Noviembre en París -, la urgente apreciación de que la respuesta a ello sería inminente.

Pero, lamentablemente, no ha sido así. Tampoco el grado de tensión operativa en el sistema de seguridad policial belga, ha estado en términos generales a la altura de las circunstancias, tal como ha demostrado la tardanza habida en la reacción de los medios policiales para presentarse en los dos escenarios de los atentados, tanto en el aeropuerto como en la estación de Metro bruselenses.

Una y otra cosa habrá de repercutir en el debate entre los Gobiernos de Bélgica y Francia sobre qué se hace definitivamente con el argelino Abdeslam, cuyo peso específico en la trama terrorista responsable de las matanzas del 13 de Noviembre en París viene definido por la inmediatez de las respuestas de este martes en Bruselas. Una velocidad de reacción de la que, insisto, no han hecho gala precisamente los servicios de seguridad belgas.

Pero, en todo caso, el problema de la seguridad europea ni empieza ni acaba con la brutal embestida terrorista en el Estado que alberga a las instituciones de la Unión Europea. Esto pertenece a la guerra que padece Europa según y conforme dijo el presidente Hollande. El estado de alerta nos corresponde a todos, y en todo. Es lo propio de una guerra de civilizaciones.