Un antes y un después del arreglo con Irán

Muy pocos problemas internacionalmente transitados por nuestra época histórica desde que acabó el tiempo de la Guerra Fría, han podido, en términos estructurales, significar tanto como el detonado por la denuncia de la Oposición interna existente frente al actual régimen iraní de un programa secreto de enriquecimiento de uranio con el fin de acceder en el medio plazo a la posibilidad de fabricar armas nucleares, tal como habían conseguido hacerlo Corea del Norte y Pakistán. Por ese camino de propio y secreto esfuerzo, o por vía de acceso, económico y/o político a las condiciones suficientes de disponibilidad de tal género de armamento.

Tal como pudo ser en su día el caso de Israel, desde una polémica legitimación extrema por el rango de acoso – potencialmente insuperable – de sus enemigos islamistas, tanto árabes, persas o paquistaníes potencialmente concernibles en las sabidas radicalidades políticas destiladas del waabismo de la Península Árabiga. Como fue el caso del yemení Osama Ben Laden, con su Al Qaeda, o pudiera haber sido ahora Al Bagdadi, con su pretendido Estado Islámico.

La escala de riesgo que significaba para el mundo aquel iniciado camino de la República Islámica de Irán, por el radicalismo de su discurso político y por el peso de su demografía y de su riqueza petrolera propició, como no podía ser de otra manera, el acceso al consenso suficiente y global en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, al que se adhirió Alemania, por el que se resolvió sancionar a la República Islámica de Irán a un conjunto de medidas que maniataban su economía, bloqueaban su política y, poco menos que literalmente, marginaban a la antigua Persia del curso contemporáneo de la Historia.

Todo eso quedó borrado al verificar la Agencia Internacional de Energía Atómica (AEIA) que la República Islámica de Irán había cumplido todos y cada uno de los extremos pactados en los Acuerdos del 14 de Julio de 2015.
El “coste” político del desbloqueo de las capacidades y recursos económicos y políticos de Irán viene a estar principalmente soportado por Norteamérica, en la misma medida que la recuperación iraní agiganta el recelo de las petro-monarquías del Golfo, históricamente protegidas por Washington. Aunque alternativamente, el desbloqueo iraní, por los términos en que se ha producido, debe disminuir en medida importante las inercias y los remanentes existentes del conflicto entre el propio Washington y Teherán desde 1979, cuando la caída de la Monarquía del Sha y la subida al poder de los Ayatolás, pendientes en su radicalismo de un cambio generacional que acerque el régimen más a la línea de Rohani, el actual presidente, y le separe de la vieja guardia revolucionaria, ahora capitaneada por Jamenei, el Líder Supremo. En cualquier caso, la holgura económica que sobrevendrá con el levantamiento de las sanciones, es presumible que traiga consigo relajamientos en la sistémica crispación de la teocracia y el integrismo ahora gobernantes en la vieja Persia.