Interrogantes sobre la expansión yihadista

Exceptuado el final declive de la gran tensión internacional entre la República Islámica de Irán y las grandes potencias – que le salieron al paso, a través de la Agencia Internacional de Energía Atómica, de su proyecto de armamento nuclear, incompatible con la normativa de Naciones Unidas contra la Proliferación de tales recursos militares -; declive escenificado con la acelerada solución del conflicto creado por la detención en la cuenca del Golfo del Petróleo de una decena de marinos estadounidenses que habían irrumpido accidentalmente en aguas persas, parece abrirse una peligrosa dinámica de emulación entre los dos integrismos islámicos de combate terrorista ahora mismo cursantes.

De una parte, el Estado Islámico acaudillado por el iraquí Al Bagdadi, que ha movido ficha en el área donde engranan el océano Índico con el Pacífico, con un ataque en Yakarta, la capital indonesia, calcado del que perpetró en París el pasado noviembre. Una zona de peso crítico en la geografía islámica, dónde en 2002, en vida aun de Osama Ben Laden, Al Qaeda rubricaba el 11-S – que desembocó en la primera guerra norteamericana de Afganistán – con la masacre en la isla de Bali y sus dos centenares de muertos.

De otro lado, el sucesor del ejecutado Ben Laden, el médico egipcio Anwuar el Zawawiri reactiva las intervenciones de sus franquicias yihadistas en África, mediante dos operaciones casi sucesivas: una, la de ayer en Burkina Faso, en el Sahel occidental, con resultado de 26 muertes en el curso de dos atentados, y otra en días atrás, con el ataque a un campamento del Ejército somalí al que ha causado 60 bajas mortales. En tanto que los ataques de Boko Haram, centrados principalmente en el norte de Nigeria, eleva ya al rango de centenares las muertes causadas especialmente en ataques a iglesias cristianas, junto a los reiterados secuestros de muchachas en sus escuelas, posteriormente recluidas en campamentos itinerantes por el interior de la selva nigeriana.

Hasta dónde estas actuaciones de Al Qaeda y del Daesh responden efectivamente a un ánimo de emulación, o resultan de un concierto de propósitos y de una coordinación de estrategias pactadas y diversificadas en términos espaciales y temporales , es interrogante que no deja de estar abierta. Tanto para la guerra como para la paz, el integrismo de combate que anima a una y otra de estas dos últimas facciones de la Yihad o “guerra santa” ni propicia confianza ni, como resultante, permite bajar la guardia. Europa, Asia y África tienen en el yihadismo la más generalizada y compartida materia de sus inquietudes internacionales.