La inestabilidad política frena la ofensiva contra el Daesh

La lentitud mostrada en la reconquista iraquí de las plazas retenidas por el “Estado Islámico” en el norte del país sería corregida si aumentaran los progresos de la estabilidad política desde la implantación de la democracia tras de la destrucción militar del régimen de Sadam Hussein. O lo que es lo mismo, los avances contra la implantación del Daesh (acrónimo en árabe del EI) no serán los esperados y suficientes, mientras la infraestructura política del país siga lastrada por el irresuelto enfrentamiento entre las dos comunidades religiosas del país (la de suníes y chiíes) desde el momento mismo del establecimiento del Estado iraquí, al principio de los años 30, cuando a la vieja Mesopotamia se le calzó la condición estatal que antes había sido otorgada al Kurdistán, en París, por la Conferencia de Paz, luego de la derrota de Turquía, Austria y Alemania en la Primera Guerra Mundial.

Fue el motor de aquel suceso de cambio geopolítico en la zona, el hallazgo de cantidades críticas de petróleo en Mosul por el binomio empresarial angloamericano. Y ahora es la misma condicionante geopolítica occidental lo que cabría rastrear tras del apoyo militar de todo orden (exceptuada la participación militar pie a tierra) en la campaña que ahora lleva a cabo el Ejército iraquí para alcanzar Mosul como siguiente objetivo: segunda ciudad en importancia del país, luego de lograrse la reconquista de los enclaves de Tikrit (lugar de nacimiento de Sadam Hussein), Baijí y Sinyar. Hasta 600 bombardeos han sido necesarios para lograr la conquista de Ramadi, de la que todavía restan algunos objetivos parciales por cubrir.

Pero la campaña militar contra el “Estado Islámico”, obviamente, no sólo se limita a recuperar las plazas iraquíes. Alcanza los objetivos urbanos situados en Siria. Raqa, situada en el norte del país espera también su reconquista. Pero este segundo teatro de operaciones contra el yihadismo de base suní se desenvuelve entre otras variables geopolíticas: principalmente las derivadas de los intereses rusos, en los que el “Estado Islámico” sólo es un objetivo más, una pieza añadida y cruzada en la senda de sus propias estimaciones sobre el conflicto en la región. Una perspectiva que procede de los tiempos del zar Pedro el Grande, que ligó la plenitud de Rusia a su instalación en las “aguas calientes”. Las del Mediterráneo y sus accesos. De Siria (por Lataquia) en adelante.