Acabó la pesadilla chavista

La lograda unidad opositora ha permitido que Venezuela pudiera despertar de la pesadilla de 17 años de régimen chavista. Tanta era la esperanza como el temor de la mayoría nacional a que las trapacerías prevaleciera una vez más al cabo de la legislatura conducida por Nicolás Maduro. Cuando el domingo se abrieron las urnas, sólo a UNASUR, el organismo plurinacional suramericano, se le había permitido desempeñar función supervisora de la consulta. Ni a la OEA (Organización de Estados Americanos) ni a la Unión Europea les habían abierto el paso. Por su ausencia brillaba la transparencia .

Hasta ese momento todo había sido coherente con el acelerado cambio de velocidades que el madurismo había impreso en el motor del proceso de cambio hacia la definitiva configuración totalitaria del sistema. En ese tramo el régimen había avanzado lo suyo por la deriva totalitaria desde la muerte de Hugo Chávez, conforme la tarea del reparto de la herencia política del coronel. Así se percibía al menos dentro y fuera del país, entre el estamento militar, representado por el capitán Diosdado Cabello, a quien se le había asignado la “gestión bolivariana” del poder Legislativo, mientras que el Poder Ejecutivo ya había sido adjudicado en su día, por designación del Comandante en su lecho de muerte, a Nicolás Maduro luego de haberse graduado éste en los talleres revolucionarios de La Habana.

Lo inconmensurable de la alegría nacional venezolana viene explicado desde lo mucho que había progresado, en los cuatro años del madurismo, la involución totalitaria del sistema. Progreso establecido en la organización electrónica de los recuentos electorales y en el establecimiento de un juego de asimetrías en cuya virtud se asignaría peso parlamentario distinto a los votos procedentes del medio rural que a los originados en el medio urbano: más peso a los primeros, de mayor afección al chavismo, que a los segundos, urbanos, mayoritariamente decantados, influidos y afectos a las fuerzas de oposición.

Ese trilerismo, esencialmente montado contra la igualdad de sufragio; tales asimetrías contables componían un principio de devaluación de la voluntad nacional que, añadidamente engrosaba el fraude electrónico en el recuento de votos, además del peso de cuantas trapacerías caben desde la presión antidemocrática de las milicias del régimen sobre los colegios electorales. Así había ocurrido con las anteriores elecciones parlamentarias que llevaron a Nicolás Maduro al poder.

Tal conocimiento de lo ocurrido entonces y el temor de que se repitiera ahora, han sido los motores que han hecho crecer tanto la participación habida ayer, y alcanzar la victoria electoral que ha barrido la pesadilla.