Tras del derribo turco de un bombardero ruso

Mientras el terrorismo islámico cometía ayer el atentado cotidiano en el centro de la capital de Túnez, con un ataque contra el autobús de la Guardia Presidencial del país y daba muerte a muchos de sus ocupantes, horas antes se había producido en la franja fronteriza turco-siria el derribo de un cazabombardero ruso y ampliaba el escenario mediterráneo como mar de guerra. A Túnez regresaba el zarpazo terrorista y por el sur de Siria crecía el conflicto bélico en términos internacionales de más compleja y peligrosa gravedad que la alcanzada hasta ahora, cuando Turquía, un país miembro de la OTAN, derribaba un cazabombardero ruso de los que actúan contra el yihadismo opositor al Gobierno de Bashar al Asad. La situación creada resulta poco menos que crítica.

Tan oscura es la materia de la discusión ruso-turca sobre la posición real que tenía el cazabombardero SU-24 en el momento de ser derribado por la aviación turca -además de la suerte real de los dos pilotos eyectados -, como la acusación del presidente Putin de que Turquía trafica en el comercio ilegal del petróleo que Daesh, o autollamado Estado Islámico, pone en el tráfico internacional a través de Turquía después de haberlo extraído de los pozos del Kurdistán iraquí. Esa es la doble cara del muy grave problema internacional creado con un suceso – el del derribo del avión ruso en directa acción de guerra – algo que es la primera vez que ocurre al cabo de medio siglo.

Cierto es que Turquía, país miembro de la OTAN, había denunciado en repetidas ocasiones supuestas entradas de aviones rusos en su espacio aéreo, pero no lo es menos la imposibilidad práctica de poderlo probar tratándose de una franja espacial tan reducida como la del teatro de operaciones en que se ha producido tan grave y comprometedor incidente. Un escenario en el que según el presidente ruso se atacaban posiciones yihadistas donde se integran gentes de su Federación, en clara alusión a los terroristas chechenos. Secta de tan sostenida trayectoria en sus ataques contra el Estado y la sociedad rusos que, por la lógica de la situación ahora imperante, no cabe descartar su cooperasen con los islamistas egipcios en el reciente derribo del Airbus – 200 ruso sobre la vertical del Sinaí, veinte minutos después de que despegara de los balnearios egipcios de Sharm el Sheik.

Para más complicar la muy grave y enrevesada situación sobrevenida con el derribo turco del SU-24, es de señalar que para esta misma fecha se había concertado por el Gobierno turco con la Administración norteamericana la visita a Ankara del vicejefe de su Estado Mayor, general Paul J. Selva, al tiempo que para este miércoles estaba prevista la de Sergei Lavrov, el ministro ruso de Asuntos Exteriores, para entrevistarse con su homólogo turco.
El derribo del SU-24 es de una añadida y grave repercusión diplomática, pues se ha venido a producir en medio de una coyuntura de concertación internacional para aunar las políticas de Estado destinadas a combatir el terrorismo islámico en sus distintas vertientes, desde Asia Menor, en Europa, África Oriental, el Sahel y África Occidental.

Especial atención merece en este contexto la visita que el presidente Hollande girará ahora a Moscú para entrevistarse con el presidente Putin, después de haberlo en Washington con el presidente Obama. Un castizo diría que Erdogan, el presidente turco,” la ha liado parda”.