Tras del fiscal, la juez que condenó a Leopoldo López

Me lo cuenta un amigo venezolano recién llegado de Caracas; cansado de soportar cada día la soledad en su casa, con los cerrojos echados y el revólver cargado a partir de las cinco de la tarde. Abandonada la idea de vender el apartamento familiar, puesto que el precio de las viviendas está por los suelos ante la estampida de las clases medias, vista la inseguridad imperante desde el estallido de la delincuencia, mi amigo ha puesto el mar por en medio y abandonado el proyecto de volverse a instalar allí.

Me cuenta, digo, que la juez que condenó al opositor Leopoldo López a 13 años y tres meses de prisión desde los cargos formulados por el fiscal que estos días puso tierra de por medio y se encuentra ahora en Estados Unidos, dónde ha discurrido sobre las circunstancias que mediaron desde el poder para imputar al procesado responsabilidades bastantes desde las que juzgarlo y apartarlo de la actividad política por motivos de calendario electoral, ya que López – visto que lo que ocurrió en los comicios anteriores, en los que Maduro toreó al opositor Henrique Capriles, no lo podría repetir en las urnas del 6 de diciembre – significa un obstáculo político insalvable.
Pues bien, la magistrada puesta en evidencia por el fiscal, se encuentra incursa en una crisis de ansiedad que ha precisado de internamiento hospitalario. Algo tan lógico de una parte como extraño por otra, en la medida que el hospital en el que ha sido ingresada es un establecimiento militar; lo que implica tanto como que los cuidados a los que será sometida serán menos clínico-sanitarios que castrense-policíacos.

Dicho de otra manera: aquello que la dictadura chavista, por estrategia de seguridad electoral, montó con la detención y procesamiento del opositor Leopoldo López, se ha convertido – con la fuga del fiscal y el sofoco clínico de la magistrada que lo condenó en términos de tanta contundencia penal – seis semanas antes de las urnas de diciembre, en una encrucijada de régimen brutalmente comprometedora para la llamada “revolución bolivariana”.
A Nicolás Maduro no se le habían puesto tan cuesta arriba las cosas en el conjunto de la política interamericana como en este espectáculo de seis expresidentes más que pidiendo la libertad de Leopoldo López. En este escandaloso embrollo que corona el fracaso político, social y económico del populismo chavista, las salpicaduras llegan más lejos de lo que nunca lo hicieron. Alcanzan a la propia Cuba, que aporta a Venezuela la tecnología de la gestión totalitaria del chavismo y que demanda a Washington, desde los canales de la relación diplomática restablecida, la retirada y desmontaje de las restricciones comerciales. La abolición del embargo.