La catástrofe siria rompe la tensión ruso-occidental

La modificación del veto norteamericano a toda opción de permanencia de Hafez al Assad como presidente del Estado sirio – resultante de la cumbre de ministros de Asuntos Exteriores de Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudí, y Jordania celebrada el pasado viernes en Viena – ha sido el suceso político más relevante de los últimos años sobre Oriente Próximo y Oriente Medio. Introduce una dinámica de cambios en la que lo más relevante, de otro punto, ha sido el distanciamiento entre los puntos de vista entre Washington y Riad, dada la aversión histórica del Gobierno de los Santos Lugares del Islam y del mundo de los suníes a la Siria de los Assad y de todo lo que éste representa frente al Islam de los chiíes, en el que se integran el régimen de Damasco, la parte libanesa controlada por la milicia armada de Hezbolá y todo el espacio yemení dominado ahora por los hutíes del país, política y militarmente conducidos por la República Islámica de Irán, a los que los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, vertebrado y conducido por Arabia, combate por tierra y aire.

Tan importante es la nueva situación que crea este cambio norteamericano en lo que respecta al veto frente a la continuidad de los Assad en Damasco, son las motivaciones que llevan a Moscú a presionar sobre este particular – que afectan a la base desde la que se genera para Europa este ciclón migratorio que se abate sobre ella.

Ya se ha señalado, en este sentido, el interés ruso en que cambie el apoyo europeo a las sanciones económicas aplicadas como represalia por la intervención suya en Ucrania. Especialmente por la anexión de Crimea, que restablece el pleno dominio de la base naval de Sebastopol, fortalecedora de la posición suya en el Mar Negro y sobre el Mediterráneo Oriental. Especialmente en la costa siria de Latakia.

Asimismo es de considerar el cálculo ruso de que el levantamiento de las sanciones económicas interesaría sobremanera a la Europa meridional, cuyas exportaciones agrícolas fueron, a su vez, bloqueadas por Moscú en represalia por unas sanciones que agravan los efectos por la devaluación de sus exportaciones de hidrocarburos desde el consolidado desplome del precio del petróleo.
El fin del conflicto sirio habría de traer, sobre el papel, el de las migraciones masivas que inundan Europa. Pero también es de advertir que esta relación primaria de causa/efecto entre el pánico a la guerra y la pulsión migratoria que se dispara hacia Europa desde Oriente Medio, es un efecto que ha cambiado a peor… La longeva guerra de civil en Siria (que dura ya cuatro años) consolida en esa martirizada población – como se conviene en los análisis europeos del problema – el sentimiento y la percepción de que el horror bélico generado por el islamismo radical permanecerá durante muchos años tanto en Siria como en sus entornos asiáticos.

En cualquier caso la moderación de la dureza estadounidense contra el presidente de Siria, registrada en la reunión vienesa de los ministros de Asuntos Exteriores, da pie para entender que el viernes se abrió una ventana de oportunidad para reducir la tensión internacional de los últimos meses. Tan similar a la que imperó durante los tiempos de la Guerra Fría.