Egipto ratifica el fin de la Primavera Árabe

La convocatoria de la primera fase de las elecciones parlamentarias egipcias – destinadas a nutrir la Asamblea Legislativa del país del Nilo, ausente del entramado institucional desde el golpe militar general Al Asisi, que apartó del poder a los Hermanos Musulmanes por legislar con normas anticonstitucionales, con lo cual este régimen gobernó por decreto hasta ahora -, es una operación que consolida el cierre del ciclo histórico conocido como la Primavera Árabe. Aunque del mismo quedan pendientes la liquidación del sangriento caos militar en que se encuentra sumida la nación siria – por la sublevación contra el régimen de los Assad y la infección geopolítica de Putin- y el no menos sangriento conflicto del Yemen, al que agiganta la inepcia militar del Consejo del Golfo en el conflicto del Yemen, entre los rebeldes Hutíes (adscritos el chiísmo) y el sunismo mayoritario en esa parte de la Península Arábiga.

Conviene destacar ahora la relevancia política del iniciado paso a la institucionalización del actual régimen egipcio- tan emparentado con el del general Mubarak, sucesor del presidente Anuar el Sadat, al igual que éste lo fue del presidente Naser – que resultan entre sí poco menos que clones en cadena. O sea, presentan en lo ideológico una identidad genética cuyo peso revela la ingenuidad esencial de quienes desde Túnez incurrieron en el espejismo político de que la orilla norte del Continente africano podía ser simétrica de la orilla sur del Continente opuesto; es decir, de la piel del “blando vientre” de Europa.

Quizá una explicación de las causas que llevaron al sueño democrático norteafricano podría haber resultado de la propia dialéctica de la descolonización resultante – más allá de las respectivas ideologías de unos y otros – de la compartida presión de los genuinos vencedores de la Segunda Guerra Mundial, norteamericanos y soviéticos, cuyas disputas sobre los activos coloniales de la Europa que impulsó la Conferencia de Berlín en el último tercio del Siglo XIX, fueron carburante de la Guerra Fría en los escenarios primordiales de África y Asia.

Dentro de toda esa dinámica tuvo su peso también la herencia de la Primera Guerra Mundial, con el cambio de los equilibrios en Oriente Próximo y Medio que supuso el desmantelamiento del Imperio Otomano por la hibridación inestable habida de islamismo y nacionalismo en los nuevos Estados del Oriente Próximo y Medio. Es en este concreto capítulo, especialmente en Egipto, donde hunde sus raíces la disputa entre islamistas y nacionalistas y donde se define el marco de referencia para el combate entre unos y otros.

Por ahí, en efecto, encuentra su último sentido el pulso de los militares del Nilo con los partidarios de la Sharia o Ley Islámica, para regir la vida pública con un paradigma coránico y califal, frente a otro paradigma, militar y nacional. Ahora representado allí por el general Alsisi, el tercer sucesor del general Naser. Aplicado al rescate plenario del presidente Mubarak, al que depuso la Primavera Árabe. Por el Nilo, el círculo de aquella primavera está más que cerrado.