Schengen y Teherán, cuestiones sistémicas

Ese problema de conciencia a las puertas de Europa que, de una parte, supone el problema diluvial de la migración asiática y africana contra las puertas de la UE , sobre el que se debatirá ahora en Berlín y después en sucesivos foros; y de otra parte, esa cuestión de la legitimidad política del régimen iraní de la Revolución Islámica, suscitada ante el presidente Rohani – que estableció la posibilidad de que su país se abriera a negociar con las potencias mundiales los acuerdos nucleares recogidos en el Acta de Viena – cuando avanza la hipótesis de unas elecciones libres y democráticas en febrero de 2016, en respuesta a las preguntas que se le han hecho sobre el destino de los líderes aperturistas Musawi y Karrubi, que permanecen en arresto domiciliario desde 2009, cuando Mahmud Ahmadineyad fue reelegido presidente de aquella república Islámica dentro de un escandaloso tufo de pucherazo.
Tanto un asunto como el otro comparten la dificultad extrema consistente en su condición sistémica. Lo que se debate no son aspectos menores o accidentales sino problemas derivados de su propia sustancia. Lo de la Unión Europea, por causa de su propia heterogeneidad, al punto de consistir más en proyecto de una cohesión superadora de disgregaciones que en cohesión ya suficientemente integrada, alcanzada y por entero conseguida. Cuando el problema cuestiona la sostenibilidad del sistema, o lo contradice en alguno en alguno de sus elementos sustanciales, estamos ante una crisis sistémica.

El sentimiento europeo de humanidad, de justicia o de compasión como categoría perceptora de la realidad del desheredamiento en que bracean los migrantes por el peso de las sabidas circunstancias de guerras y toda suerte de adversidades, es un sentimiento tipológicamente desigual, en términos individuales y en términos grupales o nacionales. Y ello es así porque las decantaciones históricas y culturales, en medida mayor o menor, son diversamente plurales. En su convergencia y en su divergencia. Históricamente, con la UE, el ejemplo más paradigmático es el del caso húngaro, en lo que se refiere a su comportamiento respecto al conjunto imperial austrohúngaro al que pertenecía y en lo que respecta a sus actuales renuencias (sistémicas) ante Bruselas.
Lo dicho hasta aquí vale también para lo manifestado por el actual presidente de los persas, Mohamed Rohani, sobre una eventual evolución del régimen iraní hacia escenarios democráticos, con evolución positiva, en tal sentido, desde una transparencia electoral como garante de representaciones parlamentarias, libres y autónomas, de las opiniones y demandas sociales.

Hay una objeción capital a lo que el actual presidente iraní deja entrever: la existencia de una institución, la del Líder Supremo Ali Jamenei, cuya autoridad no procede de las urnas sino de la propia inercia histórica de la Revolución acaudillada por el Ayatolá Jomeini, fundador del sistema. Su heredero Jamenei es tanto como un poder constituyente constituido. Nada que ver con lo que pueda entenderse como compatible con la transparencia y la democracia en términos occidentales.