Turquía se enrola contra el Estado Islámico

A buenas horas mangas verdes. Cuando el llamado Estado Islámico campa a sus anchas, además de por Siria e Iraq, por feudos nuevos que se amplían en África conforme pasan los días y los meses; es decir, luego que dejara de ser un reducto suficientemente localizado, discernible y logísticamente accesible, sin mayores dificultades para que la alianza internacional de más de 50 países hubiera bombardeado ya, y destruido en buena parte las bases logísticas principales de la organización terrorista islámica, viene ahora la indecisa y penumbrosa Turquía del islamista Erdogan y, por fin, se abre a la ultimación de un acuerdo con el Gobierno de Estados Unidos para que éste y sus otros aliados dispongan de las bases aéreas suficientes para actuar militarmente sobre los reductos originales de la última peste de negro terrorismo surgido del islamismo de combate.

También incluyen los último acuerdos entre Estambul y Washingon precisiones sobre la actuación turca en su propio territorio como superior paso para el ir y venir del voluntariado terrorista que fluye y refluye desde el occidente europeo a los escenarios del Oriente Próximo donde actúa el Estado Islámico, principalmente en la devastada Siria y en Iraq. Ámbitos éstos en los que operó conjuntamente en su día el nacionalismo árabe, a cuya capitanía llegó el mismísimo Sadam Husein.

Un nacionalismo que no cuajó de forma estable en Siria como en Iraq, porque en torno al poder de Damasco prevalecía el Islam del chiísmo mientras que en Iraq, era el sunismo la facción que políticamente prevalecía, aunque demográficamente fuera minoritario; puesto que suní era la facción musulmana imperante e imperiosa de los tiempos del Imperio Otomano. Poder histórico que en lo que después sería el Estado Iraquí, se volvió contra los persas cuando invirtió su expansión hacia el Mediterráneo Occidental, luego de su derrota en Lepanto, para volverse sobre Levante y desplazar a los persas de Mesopotamia: empujándolos más allá de la desembocadura conjunta, en el Golfo Pérsico, del Eufrates y el Tigris.

Ha sido de las cenizas del sadamismo baasista tras de la Guerra de Iraq impulsada, promovida y sostenida por el último presidente Buh, de dónde ha brotado la barbarie terrorista del Estado Islámico, puesto que el núcleo fundacional de éste – comenzando por su propio Emir – el que ha monitorizado el resentimiento nacionalista y antiamericano, reforzándolo con materiales de Al Qaeda, derivados a su vez del fundamentalismo extremo de los egipcios Hermanos Musulmanes.

El peso de estas complejidades históricas, en las que se combinan islamismo y nacionalismo de unos y otros, está presente en la base de la ambigüedad retardante de la postura turca personificada por el Gobierno de Erdogan: arquitecto del último puente, contradicción y enlace occidentalista de esta Turquía post-otomana y neo-islamista. Pese al acuerdo turco-americano para la cooperación frente al Estado Islámico, no está claro que quepa cantar por los niños un día, a propósito de Erdogan, la canción aquella de que Mambrú se fue a la guerra …