Ataque de la diplomacia iraní contra las monarquías del Golfo

La imagen de moderación de la diplomacia iraní durante la larga marcha de las negociaciones entre la República Islámica y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, más Alemania, se ha mudado radicalmente a poco de que se haya alcanzado el Acuerdo de Viena sobre la renuncia de Teherán a la fabricación de la Bomba A y a la aceptación, durante una década, de inspecciones suficientes por la Agencia Internacional de Energía Atómica de las instalaciones en las que se procesa el uranio para enriquecerlo hasta niveles de mercado, y destinarlo a la obtención de electricidad y otros objetos civiles, como los usos de la radiactividad en Medicina. A cambio de ello, como conoce el lector, a la República Islámica le han sido levantadas las sanciones y limitaciones que afectaban a su economía, especialmente por el bloqueo de sus exportaciones de petróleo y de sus importaciones de materiales para la puesta al día de sus equipos y tecnologías industriales aplicadas a la extracción y procesamiento de sus hidrocarburos.

Por economía de proceso, para no complicar las cosas mientras se negociaba más aun de lo mucho que ya era, los problemas subyacentes fueron “olvidados” todo cuanto era necesario. Sus contenidos, tales como las rivalidades religiosas en la interpretación del compartido Islam, siguieron dónde siempre estuvieron. Todos, aunque especialmente los iraníes, miraron a otra parte. Lo primero era lo primero, también más para Irán que para sus interlocutores en la mesa de la negociación. No podía ser de otra manera. Pero ya a última hora, cuando el acuerdo se entrevía pero aun no estaba, vino ya a estallar por Yemen el choque entre los hutíes chiitas y los suníes; algo añadido a la tragedia de la guerra civil de Siria, donde la minoría sostenida por Teherán (y por los cristianos) y a la que pertenecen los Assad, hubo de enfrentarse con la mayoría suní, metabolizada y revuelta ésta indefinidamente en sus rivalidades políticas internas hasta embuchar la tragedia nacional siria en un callejón sin salida.

El escándalo creado desde la guerra civil siria y la que pulsa en Irak, sabido es que ha saltado ya a África, vertebrado por el llamado Estado Islámico, ha llevado las cosas a límites y dimensiones impensables en un primer momento. Esa complejidad yihadista ya es cuestión que rebasa muy ampliamente su inicial problema de rivalidad entre las dos principales expresiones doctrinales del Islam.

Pero a ese fuego -contra la acusación de Yavad Zarif, el ministro iraní de Asuntos Exteriores, al Consejo de Cooperación dl Golfo- todos han echado leña. La chispa inicial fue la Revolución Islámica del Imán Jomeini, con su desafío al resto de los Estados del Golfo que llevó a la guerra de ocho años Irak contra la Persia del chiísmo en armas.