Calidad ambiental y cambio climático

Una cosa es la necesaria mejora del medio ambiente -ensuciado y corrompido por la contaminación de la actividad humana, principalmente desde la combustión de hidrocarburos-, y otra, bien distinta, la fatalidad del cambio climático, engendrado por factores naturales.  Ajenos en esencia a la actividad del hombre.

El medio ambiente, tanto en su origen como en su posible perfección, resulta de la Historia, del comportamiento del hombre. Pero el cambio climático viene ocasionado por discontinuidades en el comportamiento de las dinámicas naturales; tanto de la Tierra con sus volcanes como del comportamiento de nuestra estrella con los ciclos de actividad, pautados en sus manchas.

Vienen a cuento estas notas  del discurso del presidente Obama en este último fin de semana, dónde se reiteran las ya sistémicas confusiones  entre una cosa y la otra, el problema del deterioro del medio ambiente por los muy sabidos comportamientos de los hombres y sus Gobiernos, causantes en lo principal del llamado “efecto invernadero” ocasionado por las emisiones de C02.

Pero si reparamos  en la obviedad de que al principio de la Edad Media se fundieron los hielos de Groenlandia, elevándose con ello tanto el nivel del mar que los otros vikingos de los allí instalados entraron con sus barcos por los ríos españoles, llegando hasta Sevilla y Orihuela, y de que en 1640, al principio de la llamada “Pequeña Glaciación”( 1645-1715 Mínimo de Maunder) los bloques de hielo cerraron a la navegación el Mar del Norte, y los más de los vikingos que en Groenlandia aun estaban no pudieron escapar de ella al recongelarse, muriendo de hambre y de frío. Dentro de ese mismo gélido periodo, en el que se congeló el Támesis a su paso por Londres, la punta de frío más alta correspondió a 1709: la máxima en 500 años.

Poco menos que un misterio es el hecho de que desde la Conferencia de Kyoto hasta ahora se estableciera la confusión entre el deterioro medioambiental y el calentamiento de la Tierra. Quizá origen de ello habría que buscarlo parcialmente en la esgrima política del ecologismo, auspiciado en principio por los soviéticos cuando Occidente respondió con la energía nuclear a la crisis energética causada por el embargo petrolero de los árabes tras de la Guerra del Ramadán, en el otoño de 1973. Ahí, en el grueso de la Guerra Fría, se quiso cerrar desde la URSS el acceso a la energía de fisión como alternativa a la del petróleo. Y ahí sigue, bastantes años después, la polvareda de la confusión energética. En Estados Unidos como munición dialéctica en la campaña presidencial que viene y, por el ancho mundo, con el gol climático que le han metido por la escuadra izquierda al Vaticano.