Enésima llamada al orden para el embajador de Maduro

Perdida está la cuenta de las llamadas de Exteriores al embajador de Venezuela por improperios presidenciales; en esta ocasión por insultos al presidente del Gobierno español en el curso de una entrevista televisada con Ramonet, el exdirector de Le Monde, en la que, repetidamente, llamó sicario al presidente del Gobierno, como bien conocen los lectores.

Lo que la oligarquía populista imperante en Venezuela – que engloba la entera nómina de los personajes que se barajó para suceder a Hugo Chávez cuando se supo lo inminente de la muerte de éste, y en la destaca la figura de Diosdado Cabello – representa en el mundo de las relaciones hispano-venezolanas es de una gravedad dolorosa. No sólo por lo enraizado de la presencia española allí radicada, y por lo profuso de los intereses empresariales compartidos, sino también por la patente estructura de los afectos recíprocos trabados con la historia vivida en común.

Sólo la tan anómala peculiaridad del personaje instalado en la presidencia del país al cabo de un proceso electoral signado por irregularidades de todo orden que incluyeron el secuestro y destrucción de un significativo número de urnas en ámbitos territoriales de desafección manifiesta al régimen chavista, junto a la “compra” de adhesiones políticas dentro del hemisferio suramericano; sólo la complementaria e insistida práctica madurista de las coimas en que también, significativamente, señalan la causa en que se han desangrado las arcas de Venezuela. Todo eso y otras muchas cosas son suficientes para explicar la inercia del continuismo que sostiene la progresión chavista hacia una dictadura totalitaria, de corte progresivamente estaliniano.

Desde un cúmulo de anomalías de tan gravísimo porte, tiene sentido que haya saltado en la Caracas oficial el rechazo, la oposición absoluta, ante la posibilidad de que Luís Leonardo Almagro, nuevo Secretario General de la OEA (Organización de Estados Americanos) tome nota de la petición de que el opositor Enrique Capriles, gobernador del Estado de Miranda, para que la entidad panamericana supervise las elecciones del 6 de diciembre próximo.

De notar es también que el contexto en que se produjeron los insultos de Maduro contra Mariano Rajoy y los responsables de los Gobiernos europeos, no fue otro que la airada defensa de la coalición populista gobernante en Grecia. Tanto como si hubiera entrevisto en ello la ocasión de hocicar en la política europea al “defender” la causa gemelar de Syriza y Podemos. Y eventualmente la de su dilecto Vladimir Putin, tan rico en sintonías antieuropeas.
Pero, con todo, los desmanes de toda condición en que incurrirá Nicolás Maduro de manera más sostenida se habrán de encontrar en el tiempo que resta para la celebración de las elecciones presidenciales y parlamentarias del próximo diciembre. Hará cuanto esté de su mano para oponerse a la posibilidad de que la OEA actúe como observadora y evite las tropelías habidas en los comicios anteriores. En cuya violación y atropello logró la gloria presidencial tan estulto personaje.