Europa, núcleo del proyecto militar de Putin

Sabido es de todos el juego de la muñeca rusa. Un cuerpo grande que guarda dentro de sí otro de menor tamaño: envoltorio a su vez de otro más chico que el segundo y, lógicamente, que el primero de todos. Y así sucesivamente, hasta llegar al mínimo insuperable, porque dentro del ello ya no cabe nada susceptible de ser reconocido como objeto material de la indefinida continuidad de la serie.

La primera imagen de la concepción que Vladimir Putin tenía de la realidad de las tensiones internacionales existentes se plasmó en su afirmación de que la desaparición de la Unión Soviética supuso “una catástrofe geopolítica”. Tal aseveración habría de encadenar después una ristra de corolarios, en la que su despliegue en la continuidad no acontecía linealmente, como en el referido el referido juego de la muñeca rusa, sino en un sentido radial de despliegue multivectorial. Desarrollándose en una concreción de pautas, orden de prioridades y jerarquización de objetivos.

Informan las agencias de que el jefe del Estado ruso, surgido políticamente de la placenta histórica del yeltsinismo – debelador del involucionismo postsoviético -, ha reformado la doctrina militar de la transición habida en Rusia desde la caída de la URSS hasta la Guerra de Georgia, en 2008, con las subsiguientes anexiones de Osetia y Abjasia, y la subversión sistémica de Ucrania, mediante la anexión de Crimea y la abducción política de las comarcas del río Don que dejó de ser “apacible” para siempre.

El detonante de una y otra iniciativa político-militar rusa en Georgia y Ucrania no fue otro que la vocación manifiestamente occidentalista y preeuropea de ambas naciones ribereñas del Mar Negro. Aunque también el reajuste estratégico de la OTAN con el despliegue del escudo antimisiles en Europa, causalmente estribado como argumento en el desarrollo misilístico de la República Islámica de Irán. Cuestión detonada cuando la oposición iraní denunció ante la Agencia Internacional de Energía Atómica que el régimen, firmante en su día del Tratado de No Proliferación Nuclear, había comenzado en secreto un programa de enriquecimiento de uranio, susceptible de llevar la obtención de un arsenal nuclear , valiéndose de los suministros tecnológicos aportados por Corea del Norte.

En ese contexto geopolítico se produjo la quiebra de la transición geopolítica rusa del postsovietismo al putinismo que ahora acaba de alcanzar su plenario rango formal con la definición de la reforma militar estribada en su respuesta a la gravitación militar, política y económica europea y atlántica. Émulo Putin de los sueños de Pedro el Grande ha puesto el órdago naval tanto en las aguas calientes del Mediterráneo, desde la base de Sebastopol, Mar Negro hacia delante, apoyándose en la base siria de Lataquia. Y desde el Báltico hacia el Ártico, por otro lado. Pero también sin perder de vista las rutas atlánticas y las del Pacífico, donde se habrán de solapar con los planes chinos en la “cuenca del Siglo XXI”.

Este último capítulo tendrá que estar forzosamente basado en la asociación con la talasocracia de Pekín. Pero aun así mucho tendrá Putin que aplicarse a las demandas de la realidad, por el colosal gasto que supondrá su programa y su proyecto. Ese poder geopolítico que tanto añora y representó la URSS se vino abajo porque, al cabo, estaba soportado, casi como ahora, por una economía que no rebasa el Producto Interior Bruto de Italia.