Confusión sobre el clima y clima de confusión

Sobre el horizonte definido por la Cumbre del Clima y las Nuevas Formas de Esclavitud  que se celebrará en París el próximo diciembre, convocada por la ONU, y dentro del ambiente intelectual y político suscitado por la última encíclica del Papa Francisco, se reúnen ahora en Roma, por iniciativa de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, los alcaldes de las 65 principales ciudades del mundo occidental para debatir sobre una y otra variación, la física del planeta y moral de las nuevas inercias sociales.

Se trata de dos convergentes iniciativas, la vaticana del Papa Francisco y la francesa del presidente François Hollande, que ha comparado la situación actual del debate sobre el clima con las condiciones  sobrevenidas tras la Segunda Guerra Mundial que llevó a la creación de la ONU y a la defensa de los Derechos Humanos. Y si la Pontificia Academia de Ciencias Sociales ha reunido a los alcaldes de 50 grandes ciudades occidentales, como base de una reflexión política y moral,  la convocatoria francesa ha convocado a líderes religiosos, pensadores y activistas del ecologismo, miraando a empresarios, gobiernos, entidades locales  y sociedad civil.

En lo religioso y lo moral, esta situación de convergencia es incuestionablemente nueva, suscita esperanzas y alienta temores de que se venga a secularizar lo religioso y sacralizar lo secular. En lo científico y lo político, los perfiles y las expectativas se resienten de claridad y nitidez.

El impulso de la ONU sobre la percepción del cambio climático arrastra un crónica de comportamientos y rigor científico que deja mucho que desear, especialmente en lo que toca a irregularidades de diverso orden en el seno del Panel del Clima. Y en lo que toca a la Historia del Clima, aparece como ocultado por el común de las referencias el hecho de que a principios de la Edad Media sobrevino la fusión de los hielos de Groenlandia sin el concurso de ninguna actividad planetaria generadora de C02, lo que determinó una sustancial subida del nivel de los mares, bastante para que otros vikingos de los allí establecidos entraran con sus embarcaciones por el ríos del sur de Europa.

La llamada Pequeña Glaciación de 1640, que cerró la navegación por el Mar del Norte, al colmarlo de hielos, hizo que murieran, de frío y hambre, los otros vikingos de Groenlandia. Y los osos polares de Al Gore volvieron allí por sus fueros. El clima, dicen los científicos rigurosos, opera conforme los ciclos de la manchas solares y  las erupciones volcánicas de gran porte. El efecto antropocéntrico tiene mucho más de moral que de planetario.

Puestos a lo que vamos ahora es de esperar que se acabe pronto con la confusión sobre el clima.