Reaperturas, desembargos y devoluciones

La normalización plena de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, reflejada ayer en su primera fase con la reapertura de la embajada norteamericana en Washington, es suceso de plural significación. Desde el simbólico nuevo ondear de la enseña cubana bajo el cielo de la capital federal estadounidense se define un tiempo nuevo que deja atrás un largo medio siglo en el que la carencia de relaciones diplomáticas reunía y compendiaba el cúmulo de problemas propios de un tiempo histórico muy concreto, al que perteneció la prolongada data de la Guerra Fría, en la que el mundo iberoamericano ofició de escenario central de esa época de conflicto global entre Estados Unidos y la Unión Soviética; que sólo tuvo expresión “fría” entre una y otra gran potencia junto con Europa Occidental; pero que en Asia, África y en la América que comienza al sur de Río Grande, todo se vino a resolver, casi plenariamente, en escenario de conflictos, guerrilla. Guerras por interposición entre las dos superpotencias. Además de golpes de Estado de distinta presentación y formato.

A la Cuba del castrismo correspondió el triste privilegio de oficiar durante ese convulso periodo, antes y después de la llamada “crisis de los misiles”, de cabeza de puente – no solo en Hispanoamérica sino también en África – de la agitación soviética. En paralelo a la que de suyo practicaba Estados Unidos en África y Asia; especialmente en Asia con la Guerra de Vietnam y antes la de Corea, bien que en este caso fuera a resultas de un mandato del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

En el mundo iberoamericano, la desaparición de la URSS, por razones endógenas de agotamiento económico, no trajo como efecto la estabilización general causada por el guerrillerismo que los soviéticos habían alentado con el régimen castrista como palanca. La inercia ha sido y sigue siendo formidable, como “ad nauseam” representa en Colombia la guerrilla de las Farc, y en Venezuela el populismo chavista como castro-leninismo reciclado.
Aunque también hay otras inercias del pasado. Principalmente, en el orden político-económico, la del embargo estadounidense aplicado a Cuba en represalia por las militancias cubanas durante la Guerra Fría. Una herencia que lastra de forma capital la recuperación económica de la Isla, aunque quizá no tanto como las miserias de la arbitrariedad de la economía centralizada conforme el paradigma soviético. Abordar lo del embargo es tema obligado y necesitado de comprensión y generosidad por parte de Washington. Como también lo es en otro orden de simetrías morales y de justicia, reconsiderar por parte del régimen cubano entrar en la negociación de las indemnizaciones, por el régimen de La Habana, a las familias (muchas españolas) que fueron expropiadas en su día en pleno furor sistémico del sovietismo isleño contra la propiedad privada.

El despliegue de banderas y las proclamas de reconciliación quedarán en mera faramalla si no llega soportado, en uno y otro sentido, tanto por el desembargo como por las necesarias reparaciones por la depredación comunista.