Irán se relame tras del acuerdo nuclear

La intermediada estructura de poder existente en el atípico régimen de la República Islámica de Irán -donde una herramienta democrática formal provee periódicamente la elección de los sucesivos Gobiernos en la milenaria tierra de los persas -, hace posible desenlaces políticos capaces de vaciar, sino de inmediato sentido jurídico/práctico, sí de muy sustanciales expectativas creadas al aire de los compromisos internacionalmente establecidos. Tal como ha sido, a este respecto, el suscrito en Viena con las primeras potencias mundiales y la Comunidad Europea.

La superestructura teológico-autoritaria, definida en términos de “Jefatura Suprema de la Revolución”, permite, tal como ha ocurrido al fin de este último Ramadán, que Alí Jamenei, su titular, dejara con un palmo de narices a quienes inferían, en términos de lógica común, que el Acuerdo de Viena traería consigo efectos políticamente proporcionales al peso de la materia pactada en todos los sustantivos aspectos de la misma: el control de las tasas del enriquecimiento de uranio en las centrifugadoras iraníes, la fiscalización de los depósitos de uranio ya procesado y el sistema de inspección, aleatorio y permanente, por parte de la Agencia Internacional de Energía Atómica.

La andanada de improperios lanzada por el Líder Supremo de la Revolución contra Estados Unidos por su “arrogancia”, más las deslizadas reservas sobre el destino del acuerdo suscrito en el correspondiente trámite en las Cámaras iraníes, no ha podido menos que sorprender al común de los mortales, habida cuenta lo laborioso y demorado de la negociación y el porte ingente de las contrapartidas de todo orden que, desde el acuerdo, la nación iraní obtendrá con el levantamiento de las sanciones internacionales.

La agresiva peculiaridad -por decirlo de algún modo – del sistema político iraní, ha derivado así en un muy oneroso sobrecoste político para el Partido Demócrata en las próximas elecciones presidenciales estadounidenses, potenciando exponencialmente la labor del lobby judío en su apoyo al Partido Republicano, puesto que en la agresiva retórica de Ali Jamenei las andanadas contra Washington se han visto acompañadas de las tópicas amenazas de destrucción contra el Estado de Israel. Algo que tres días antes había sido, temáticamente, el eje del ataque de Benjamin Netanyahu contra la política del presidente Obama respecto del programa nuclear iraní.

Asimismo, objetivamente, las cargas de la jerarquía suprema iraní – que han dejado poco menos que en ridículo político al presidente Rohani – han venido a sobretensar más si cabe la base de los enfrentamientos en los entornos del Golfo Pérsico entre suníes y chiíes.

En el fondo, todo responde a un problema estructural en el poder político de la República Islámica de Irán. Asunto que en el mejor de los casos podría encontrar salida en el marco de un cambio generacional. Cuando, con Jamenei, desaparezcan los radicales del sistema. O sea, quienes aun protagonizan un revolucionarismo político-religioso que frustra por bloqueo la consolidación de una democracia nacional en Irán: dónde las urnas, las mayorías, gobiernen el entero y completo teclado del Poder. Sin Sharias ni caudillos.