Alarma europea ante el Ramadán de sangre

No podía ser de otra manera. Tanto el Gobierno español como el francés han elevado a términos prácticamente máximos sus respectivos niveles de alarma ante la masiva brutalidad de los atentados terroristas en este Ramadán de sangre. Los 37 turistas muertos en un hotel de españoles de Túnez, la decapitación de un francés en Lyon y la mortandad en el atentado habido contra una mezquita kuwaití, con 25 fallecidos, además del indeterminado número de victimas habido en otra agresión terrorista en la africana Somalia, ha precipitado una crítica toma de conciencia en Francia y España sobre la ya vasta realidad en que se muestra el peligro terrorista dentro y fuera del mundo islámico.

Esta peste del siglo XXI aporta motivos de alarma que son proporcionales en su proyección de futuro a la magnitud de la difusión de las comunidades musulmanas mucho más allá de sus emplazamientos históricos precedentes. Percepción ésta que no supone atribución de causalidad directa entre la cultura musulmana como forma de vida y la actual eclosión de movimientos terroristas expresados mediante el yihadismo.

Nunca menos ociosa ni gratuita la alarma europea frente a este fenómeno. Junto a lo anteriormente señalado como base de su potencial de expansión dentro de ámbitos distintos a esos dónde existe el Islám desde su primera hora, es la presente dinámica de globalización de toda suerte de movimientos y procesos sociales, especialmente los demográficos; junto a esto está la propia propagación del terrorismo musulmán tanto en Asia como en el vecino continente africano. Ese islamismo radical no es nos tenga a los europeos a un tiro de piedra.

Es que lo tenemos dentro de casa, porque hay partes norteafricanas, como Túnez, que están también, por el turismo y otras muchas cosas, integradas en nuestra realidad cotidiana.