Pulso y debate de hermeneutas en la base de la cumbre

Lo único incuestionablemente claro a la hora de redactar esta nota al pie de la Cumbre del Eurogrupo, una hora antes de que de que ésta diera comienzo, es que el holandés errante – el actual presidente del Eurogrupo, Jeroem Dijsselbloem – parece haberse pasado de énfasis a la hora de dimensionar la aparente apertura del Gobierno de Atenas hacia las posiciones de partida en que se encuentran los componentes del Club de socios custodios de la Moneda Única, en este penúltimo compás de sus tribulaciones; en ocasiones tan emparentadas y recreadas con las mentiras de Ulises en versión de los Podemitas del Ática.

La salida (el acuerdo salvífico) aun no está aunque se le espere. El tal Jeroem, en la primera de sus cuatro asveraciones sobre el particular, ha blandido un énfasis equivalente poco menos con la aseveración de que el oso ya estaba cazado. Luís De Guindos, que desde su positiva responsabilidad en el pilotaje de la iniciada recuperación económica española, aspira a relevar al holandés en la presidencia del Euroclub, se ha disparado en la precisión y enumeración de las condiciones aun no alcanzadas – y necesarias – para darle cuerpo de realidad y fe de vida al acuerdo. Algo que no se conseguiría, en el mejor de los casos, hasta el próximo fin de semana.

En cuatro ocasiones Dijsselbloem ha insistido en afirmar que “la propuesta griega es muy positiva”. Aunque todo está pendiente de un análisis más completo del Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea. Todo ese conjunto y concertado análisis de la situación contable y de la viabilidad de cuánto se convenga al cabo respecto la propuesta griega, pasa por el cernido radiográfico de toda aportación helénica en forma de regalo. Como en la Guerra de Troya.

A corto plazo al menos, el análisis más certero en procesos como este es el de los mercados.