Reanudada la carrera nuclear

La reanudación de la carrera nuclear era una realidad ya cantada desde la intervención de la Federación Rusa en Ucrania, sustanciada en dos fases: la anexión de la península de Crimea y el sostenido apoyo, desde entonces, a las milicias prorrusas en términos formales y como directa intervención de tropas rusas en el Este del Estado ucranio. Una operación que encuentra sus precedentes en la agresión de 2008 a la República de Georgia, también acompañada de otra anexión territorial, en aquel caso la de Osetia del Sur, estribada en la absorción de su identidad poblacional por la vía de reparto masivo de pasaportes, igualmente dentro de semejante base de rusofonía.

En términos formales, la reanudación rusa de la carrera nuclear viene soportada por el anuncio oficial de que a partir de 2020 – y como respuesta al también anunciado despliegue norteamericano de 5.000 soldados en los espacios limítrofes de Unión Europea con la Federación Rusa, con equipamiento de armamento pesado como carros de combate, y en respuesta a la aun irresuelta situación creada en el Oriente de Ucrania por incumplimiento de los acuerdos de alto el fuego pactados en la Conferencia de Minks -; y luego de que la OTAN haya reforzado directamente la fuerza aérea de Polonia y otros Estados pertenecientes al área del Báltico.

Obviamente, este estado de cosas entre la Rusia de Putin y el mundo occidental implica por sí mismo, cualitativamente y al margen de los factores expresados por una y otra parte, la involución histórica de todo un proceso de desarme – nuclear y en el plano de las armas convencionales – comenzado después de la caída del muro de Berlín y con la entera extinción de la Unión Soviética.

Tales son los hechos, las realidades materiales que dan cuerpo a la sustantividad del cambio operado hasta ahora, que cabe de identificar formalmente como el regreso de la Guerra Fría. Hecho o conclusión que se acaba de entender desde el análisis sistémico de lo ocurrido hasta ahora, fáctica y verbalmente. Respecto lo primero, referidos están los precedentes; sobre lo segundo, hay que regresar a la cita de la afirmación putiniana de que la desaparición de la URSS fue una “catástrofe geopolítica”.

Dejando aparte el debate de si aquello fue efectivamente una “catástrofe” o la venturosa extinción de un desvarío, lo que ha sucedido después, en términos de actuación política por parte de un Kremlin distinto, indica fehacientemente que el eje diamantino de la política internacional de Vladimir Putin sería tanto como la restauración física de las condiciones territoriales en que la URSS vino a cristalizar, comenzando por la reabsorción de la soberanía de Crimea, transferida a la de Ucrania, todavía con la URSS viva y operativa, por Nikita Kruschef.

De todo ello se infiere que Vladimir Putin, formado en el KGB, es un nacionalista de tomo y lomo. Como nacionalista (y no internacionalista) e imperialista fue asimismo la Unión Soviética. Al menos en la mitad de sus ingredientes, como advirtió el ucraniano Bardiaef al definir la sustancia del sistema aquél como una mezcla de mesianismo eslavo y leninismo.