Islamismo, metástasis terrorista y presión sobre Europa

La casi certeza de que la aviación norteamericana ha cazado mortalmente, en el Este de la rota y quebrada Libia del gadafismo al tal Mojtar Belmojtar, el argelino responsable de Al Qaeda en el Magreb Islámico, mientras en la Turquía del electoralmente disminuido presidente Erdogan se agolpan, por miles, los sirios y los iraquíes que huyen de los horrores de la guerra y del terror generado por las huestes del Estado Islámico, son datos que componen la estampa de una situación histórica nueva.

El yihadismo no para de crecer y expandirse, desde el Oriente Medio originario a los cuatro puntos cardinales del Continente africano, generando una desestabilización demográfica desde los entornos de nuestro Continente hacia el corazón mismo de la Unión Europea.

La movilización político-militar del Islam impulsada por Estados Unidos en Afganistán durante el crepúsculo del Imperio Soviético, cuando éste tenía sus bases económicas más averiadas aun que las tiene ahora la Rusia de Putin cuando éste se ha empeñado sucesivamente, por Georgia y por Ucrania, en corregir la que llama “catástrofe geopolítica”, que fue la desaparición de la URSS. Aquella activación de los resortes islámicos entre los afganos para más plantarle cara a los “invasores” rusos - que, a su vez, tenían su retaguardia trufada por lo musulmán -, desencadenó una dinámica de aceleración del desplome soviético.

Pero ocurrió también que tal cosa operó como catalizador de un proceso de rebote que en poco tiempo se tradujo en el nacimiento de Al Qaeda. Osama Ben Laden involucionó de su condición de instrumento de la CIA a la de pesadilla de la Primera potencia mundial, con sus grandes atentados contra embajadas norteamericanas en África, rematados en los ataques contra Nueva York y Washington el 11 de Septiembre de 2001.

Nunca hubiera previsto la CIA que aquel instrumento de movilización religiosa contra el sovietismo materialista en Afganistán, fuera un arma de tan potentísimo y devastador retroceso. Pero tampoco cupo imaginar que tras la eliminación de Osama Ben Laden en su refugio de Pakistán, sus epígonos del Estado Islámico se trasmutaran con un salto cualitativo de barbarie y degollinas en masa que más que remedar en su evocación las atrocidades babilónicas de Asurbanipal y los suyos, parecen éstas juegos de niños.

Pero a lo que íbamos: tras de las causas históricamente tan poco remotas y al cabo de las fecundas derivadas de tales errores y desaciertos, se ha venido a desatar un torrente de efectos que colman las condiciones propias de una genuina catástrofe humanitaria, ahora volcada sobre el sur de Europa con la multitud de refugiados de toda condición, huidos de la barbarie terrorista en Oriente Próximo y de las hambrunas y tragedias nacionales africanas.
Se trata de un problema internacional de graves dimensiones, no sólo para la UE sino para Naciones Unidas.