Grecia, Ucrania, Yemen y otros juegos de guerra

Este próximo jueves, por Luxemburgo, los titulares de Economía del Eurogrupo se sientan a la mesa de juego político con los gobernantes de Atenas en una enésima partida que es todo un simulacro de tiempo muerto dentro de una partida de la que no sólo reitera la evidencia de que, a estas horas, el proceso negociador de lo imposible siempre se ha llamado “callejón sin salida”, y de que Grecia es el espejo en que las izquierdas europeas de toda laya deben mirarse y convenir que ganar el poder con propuestas populistas imposibles de cumplir, es garantía de su fracaso a plazo fijo. Una estafa, en última instancia, a la propia libertad de voto. Engaño al electorado. Demagogia y cambalache.

El fatal atasco en que se encuentra el problema griego en los números de las cuentas con sus acreedores no tiene salida, ciertamente, en la condena moral de los desahucios por parte de los redentores de ocasión. El “pacta sunt servanda”, el principio universal de que los acuerdos de toda laya han de observarse, cumplirse, en todo orden de compromisos, corre paralelo al principio moral, en las relaciones internacionales y en todas las demás, de aquel otro principio de que quien la hace la paga, estribado ello en la consideración de que el coste de una apropiación indebida nunca debe cubrirse por el perjudicado con ella sino por quien se ha beneficiado de la misma. Tal es el caso de la Federación Rusa con las anexiones de Crimea en Ucrania y de Osetia del Sur en Georgia.

Si esta última apropiación territorial rusa tuvo respuesta occidental con sanciones económicas y políticas que han recreado algo más que estampas de Guerra Fría, aquella otra, ocurrida en 2008, son componentes centrales del actual estado de cosas en el que encuentra sentido cabal lo se acaba revelar por el New York Times sobre el inmediato despliegue de 5.000 soldados en el espacio báltico; despliegue cubierto con otro de armamento pesado.

Se trata de un refuerzo defensivo perteneciente a secuencia que ya comenzó con el refuerzo aéreo del mismo escenario báltico y, posiblemente, con otro tanto en la propia mutilada Georgia. Puede que el no hacer esto último implicara de forma implícita la aceptación de que el Mar Negro deviniese en el reconocimiento de que fuera un “lago ruso”.

Y en parecido orden de cosas, dentro de los nuevos “juegos de guerra” en que parece resolverse la dialéctica internacional de los principios de acción y reacción, habría que subrayar el creciente peso que representa la última fase de la guerra de Yemen, con el bombardeo aéreo de Sanáa, su capital, y los daños causados en términos de víctimas mortales y en patrimonio cultural. Bombardeo cuya autoría ha negado Arabia Saudí -, y que habría de encajarse quizá en el tramo final, de sólo dos semanas, de la cumplida negociación con Irán sobre su programa nuclear. En cuya virtud Irán reducirá en un 70 por ciento su parque de centrifugadoras para el enriquecimiento de uranio.

Punto éste que reduce muy significativamente la base objetiva de los temores israelíes desde las pasadas amenazas persas, ante las cuales el Gobierno de Israel ha pedido que en el acuerdo final Teherán reconozca garantías expresas de respeto a su integridad. Algo que cabe interpretar como un acuerdo entre el Estado Judío y Washington sobre un punto especialmente crítico en sus relaciones por la negociación del Cinco más Alemania con la República Islámica para la expresa aceptación por ésta del Tratado de No Proliferación Nuclear.