Grecia y la vergüenza nacional a propósito de la Copa

Me hubiera ido hoy sólo por mi usual camino del comentario de política exterior a propósito del crujido interno de Syriza – la formación de izquierda gobernante en Grecia desde las última elecciones -, originado por su debate sobre la respuesta de las condiciones extremas por las que atraviesa el país helénico llegado el momento de aceptar la realidad de las cosas; es decir, de reconocer qué cabe hacer ante la necesidad ineludible de cargar con el peso de las obligaciones económicas nacionales contraídas, haciéndolo por la asunción de la realidad. Mediante el reconocimiento de la misma, por grande que sea el peso que deba soportar el pueblo griego.

En la lógica de la situación se encuentran las tentaciones de escapar por trochas extrañas y nada eficaces, como la ocurrencia de hipotéticas compensaciones de guerra supuestamente exigibles a Alemania, que es el Estado de la Unión Europea que más se ha definido en las exigencias frente a Grecia para que se “retrate” nacionalmente pagando aquello que corresponde al actual plazo pendiente. Cabe presumir los términos del enfrentamiento de ahora mismo: el de pagar sin más, al precio que sea y cómo sea, echando sobre las propias espaldas el peso de la deuda, para conseguir con ello un nuevo rescate; o la inviable exigencia a Bruselas de que para esa salida dé el visto bueno a la aplicación de una política económica trenzada en la inviable estrategia de un programa de disciplina económica nacional que incluya holguras propiciadoras del crecimiento. O sea, la propia cuadratura del círculo, de inviabilidad proporcional a la profundidad de las quebraduras casi tectónicas que determinan la inestabilidad del país.

Ocurre también que el disenso interno de Syriza en lo estrictamente político e ideológico no sólo viene determinado por la inesquivable realidad económica sino por el déficit de congruencia en que se articula el populismo de esa formación y de cuantas como ella – tal que Podemos – proponen ante las urnas recetarios inviables e imposibles. Por ello es de seguimiento obligado durante el próximo semestre cuánto ocurra en Grecia sobre este oportunísimo particular.
Trae el asunto griego fuerza más que sobrada para agotar en el mismo la materia de esta nota. Pero no podía demorar la referencia al gravísimo escándalo nacional en que se ha resuelto una vez más ahora en Barcelona el pitido multitudinario del público contra al Himno Nacional y contra la más alta institución del Estado. Orlado todo con el regodeo manifiesto del presidente de la Generalidad de Cataluña, y por la complacencia poco menos que jubilosa de los dirigentes políticos del nacionalismo catalán y del nacionalismo vasco. Sumado a ello el silencio cómplice de los partidos de izquierda, excepción hecha del representante del PSOE, que ha llamado al Rey para expresarle su solidaridad.

El sonrojo y la indignación de la mayoría de los españoles pienso que debe testimoniarse por quienes comparecemos profesionalmente en los medios con nuestra opinión personal. El reiterado episodio de estos bochornosos comportamientos poco menos que colectivos, pienso que inéditos en otros ámbitos nacionales que el nuestro, merecen una adecuada respuesta por las autoridades, haciendo respetar y cumplir la ley. Los símbolos nacionales no deben quedar sin la debida protección y respuesta, abandonados en la calle o en los estadios de fútbol. Entendamos que pueda darse prevaricación por omisión en la defensa de los sentimientos nacionales de los españoles.