¿Ha sido el precio de la recuperación económica?

Junto a cuantas consideraciones estrictamente políticas, incluso morales, ideológicas o sociológicas, el tornado electoral de este domingo habría de explicarse necesariamente también – quizá en términos preferentes – desde la óptica de los costes sociales que ha supuesto y representado la rectificación de las condiciones económicas heredadas de las dos precedentes legislaturas de gobernación en manos del Partido Socialista; o sea, por el conjunto del trazado económico y definible como herencia del zapaterismo.

Cúmulo de despropósitos pertenecientes al rango de opciones en el que las izquierdas nuevas vendrían a tallar su propuesta programación – “carmenato” adelante – de recambio político, económico y social, más propio de los contextos mentales del “ciricismo” helénico, que además de acusar en su día, por bolivarianas, al Gobierno de Madrid de conspiración contra el de Atenas, se proclama incapaz de seguir adelante en el pago de su deuda nacional, constreñido como sigue a que se le renueven esos mismos rescates que el Gobierno del Partido Popular fue capaz de obviar, en beneficio de la independencia económica nacional, y como necesaria base para una inversión de la gráfica de resultados por la que caía España mientras subía imparablemente el desempleo.

No puedo menos que señalar en esta nota el insoslayable dato de que ha sido el peso de estos problemas afrontados, aun sabiendo el coste electoral que ello podía implicar, la quizá principal determinante del coste electoral que ha tenido esa rectificación de las bases económicas heredadas de la izquierda zapaterista. Algo en la línea de las reflexiones primordialmente necesarias para explicar las causas y el origen de lo sucedido este domingo, aunque tengan cabida y sean necesarias otras, estribadas en los componentes sociológicos propios de la dinámica histórica de las generaciones y de los ciclos históricos, en los que se ensambla el propio esquema y modelo de la Transición.

Cierto es, como se ha dicho, que se ha producido, en términos generacionales, una fractura política del electorado, pues los “maduros” no han sintonizado ideológicamente con las inquietudes y demandas de los “jóvenes”, y viceversa. Pero eso es un marco formal de discrepancia política: algo distinto de los contendidos materiales concretos y objetivos. Resumido esto, principalmente, en el referido componente del coste político, electoral, de la reforma económica que demandaba y exige la muy averiada realidad nacional heredada del zapaterismo. Cierto es también, por otra parte, que el cambio de ciclo histórico – como el del fin de la Transición – tendría como marco electoral más específico y propio el de unos comicios Generales que éstos, locales y autonómicos, del domingo 24 de Mayo.