El desacuerdo español sobre cuotas de carga

inmigracionLa Comisión Europea patinaba escandalosamente en la hipótesis de la aplicación de cuotas de carga sobre las respectivas economías de la UE, propuestas por la Comisión de Bruselas a la hora de distribuir el peso de la cooperación humanitaria en la arribada de la migración causada por la conflictividad afroasiática que bulle en los entornos de Europa y se vuelca sobre sus límites meridionales. Los criterios de ponderación para el reparto de las cargas que se habrían de asumir, se han venido a proponer con una precipitación directamente proporcional al retraso manifiesto con que se ha reaccionado por parte de la Comisión ante el brutal problema humanitario que suponen las miles de muertes habidas en los referidos entornos, especialmente en la cuenca mediterránea.

Dos de los criterios de ponderación para establecer las correspondientes cuotas han desafinado de modo chirriante en el caso para lo que concierne al supuesto de España, tal como ayer se apresuraba a señalar el ministro García Margallo; principalmente, con la denuncia de la tasa de paro, con su brutal incidencia del 24 por ciento (la segunda de la Unión Europea, sólo precedida por la de la semiasfixiada economía griega) en nuestra capacidad económica nacional para encajar todo sobrepeso).

Y junto a ello, la infraestimación por Bruselas del esfuerzo ya realizado por España para hacer frente al problema por efecto de su propia configuración a doble vertiente marítima: mediterránea en su Levante y atlántica en su Poniente peninsular e insular. Instalación geográfica que en términos de “ riesgo inmigratorio” –parangonable en cierta medida con el de Italia- ha derivado desde tiempo atrás, antes de que eclosionara en su actual dimensión el problema en el Mediterráneo, en un significativo esfuerzo español cerca de los Gobiernos de Argelia, Marruecos, Mauritania, Senegal y Níger para yugular el criminal tráfico de las mafias. Otra cosa que se debe señalar es el hecho de que el previo esfuerzo español sobre la fachada atlántica de África sobre los iniciales derroteros migratorios por el Poniente del Sahel, determinó su desplazamiento hacia Libia, donde confluyen hasta ahora las migraciones del Este africano y del Asia Menor.

Ante el sabido principio de que “cada palo aguante su vela”, España aguantó y sigue aguantando la suya en esto de las migraciones que nos fluyen sobre el sur de Europa. Hagan pues nuestro socios en la UE más atinada y atenidamente las cuentas y ponderaciones exigidas por este tremebundo problema migratorio, que si resulta de la historia del Siglo XX, trae sus caudales inhumanos también de la historia anterior del Siglo XIX, con aquella Conferencia de Berlín en la que otros Estados de la UE que los mediterráneos desvertebraron cultural y demográficamente el África subsahariana repartiéndose territorios con chuchillo cocinero, además de meterle el diente al espacio portugués de allí –del Atlántico al Índico–que había respetado etnias y culturas del mundo aquél.