Prende en Yemen el choque de Irán con las monarquías del Golfo

Se convenía en que este jueves 26 de Marzo se alcanzaría un punto positivamente crítico para la evolución de las negociaciones, comenzadas en Ginebra, de los Cinco más Alemania con la República Islámica de Irán que debían conducir a un principio de acuerdo sobre el Programa Nuclear iraní, cuya revelación por los opositores al régimen de los Ayatolás llevó a la imposición de muy severas sanciones internacionales contra la República Islámica de Teherán por haber trasgredido – mediante prácticas secretas para el enriquecimiento de uranio – el Tratado contra la Proliferación de Armas Nucleares, al que Irán estaba formalmente adherido.

La Monarquías de la cuenca del petróleo, integradas en el Consejo de Cooperación del Golfo – pautado geopolíticamente por Arabia Saudí – siempre han mirado con recelo estas negociaciones, en la medida del obvio recelo que despierta en ellas un inmediato escenario regional pautado al 50 por ciento por una Persia con las manos libres, si se suscribiera un acuerdo que significaría, al cabo, el levantamiento de las internacionales sanciones económicas y políticas, a cambio de unas siempre insuficientes garantías de que los Gobiernos de Teherán no reanudarían nunca los intentos de pertrecharse con la bomba atómica. Tanto más teniendo como tienen la tecnología balística necesaria para llevarla a todo objetivo de su interés; una tecnología supuestamente comprada a Corea del Norte, desarrollada sobre la adquirida en su día, su vez, a la Unión Soviética.

De ese recelo árabe – concurrente con el de Israel en el mismo sentido – tiene cumplida noticia la diplomacia del presidente Obama. Al punto de que para no enajenarse la confianza de sus aliados árabes, ha hecho coincidir también el bombardeo saudí de posiciones de los rebeldes Utíes (chiíes de Yemen) contra el poder suní al que han obligado a instalarse en Adén desde Sanáa, la capital del Estado; ha hecho coincidir, digo, la apertura sudí de esta nueva guerra sectaria en el mundo musulmán con el bombardeo por la aviación estadounidense de las posiciones del Estado Islámico (EI) en el norte de Iraq, cuyo Ejército pugna, con apoyo iraní, por desalojarlo de Tikrit, cuna de Saladino y tumba (destrozada) de Sadam Hussein.

Ese morrocotudo lío en que se ha venido a resolver el destrozo del nacionalismo árabe tras de la guerra de Iraq y con la guerra civil en Siria y en Libia, se expresa en una conflictividad multifocal y sectaria del islamismo en Asia Menor y por el tercio norte del mundo africano, acompañada de algo más salpicaduras en Somalia, Kenia, Mali y Nigeria.

Pero más allá de todo el sabido conjunto de estos episodios afroasiáticos, lo que corresponde hoy observar, tras la dicha “coincidencia” de la entrada militar saudí en el conflicto sectario de Yemen, la amenaza de todo esto, con sus proyecciones contra la seguridad del altísimo porcentaje de tráfico mercante que discurre por el Estrecho de Bab el Mandeb, puerta de acceso al Mar Rojo de la navegación procedente de Asia que pone proa al Mar Mediterráneo por el Canal de Suez.

La tensión geopolítica de Irán con sus vecinos árabes del Golfo (atentos a qué pueda pasar en Bahrein y por el Estrecho de Ormuz), se abre en un abanico de participaciones persas en Iraq y Siria, contra las huestes del Estado Islámico (EI) y franquicias de Al Qaeda; en Libano , mediante las milicias de Hezbolá : en apoyo del régimen de Damasco además de como presión sobre Israel, y en Palestina, también presionando a Israel, con peonaje pesado de Hamás, contra el Estado judío. Todo son conflictos comunicantes. Sobre gran tablero de ajedrez y
como un concierto de alfiles bajo el signo de la Media Luna.