La tragedia económica griega

Le habrán podido decir en Berlín al señor Tsipras, Primer ministro griego, lo que por aquí se ha dicho siempre: que una cosa es predicar y otra dar trigo. En su campaña electoral, Tsipras prometió hacer algo que después no podría cumplir. El electorado le dio el voto suficiente para tomar el Poder. Y ahora no puede pagar porque los efectivos medios de pago disponibles sólo llegan hasta el día 9 del mes que viene. Las promesas electorales suponen tanto como deuda contraída con quienes le entregaron el voto. Así, los compadres helenos de “Podemos” se metieron en un callejón sin salida del que sólo podrían sacarles sus interlocutores alemanes de estas horas; eventualidad, hipótesis que, como alternativa, reproduce lo ya ocurrido ante las urnas griegas con los votantes en ellas.

El interlocutor alemán accedería si le dieran garantías que los votantes helenos no le pidieron. Reformar la Administración del país, construir un sistema fiscal eficiente y fiable; y, junto a eso, remangarse y combatir esa corrupción multifocal que es la causa medular de los agobios que padece Grecia. Son requisitos definidos en Berlín desde la socialdemócrata de la Gran Coalición.

Pero las cosas no acaban ahí. Junto a estas condiciones de naturaleza material hay otras, de naturaleza política, de procedimiento, tan relevantes como las primeras, puesto que afectan al camino a seguir para dar salida a la trágica situación, política y económica, en que se encuentra sumido el Gobierno de Tsipras, de configuración similar a la de sus amigos de Podemos. Se trata en esta otra capital perspectiva, de formato institucional: la interlocución directa con el Gobierno de Berlín no es ni puede operar como vía alternativa a lo considerado en el Grupo Europeo.

No podía decir otra cosa el portavoz del Gobierno de la señora Merkel, cuyo criterio resulta sabido que no es otro que el reiteradamente expresado por su ministro Schäuble, responsable y definidor del discurso económico del Gobierno de Berlín, reproducido en edición especial ante su homólogo en el Gobierno de Atenas.

Aunque la pieza estelar en la anatomía del expreso disenso greco-alemán dentro de tan arduo debate, ha sido el naipe puesto en la mesa por los helenos: las reparaciones alemanas por causa de la Segunda Contienda Mundial, como supuesto recurso que permitiera a Grecia cubrir sus obligaciones económicas presentes. Naturalmente la respuesta no podía ser otra que la de que tal cosa está zanjada jurídica y políticamente. También se podría haber señalado por parte alemana la fórmula de que el Gobierno de Atenas se dirigiera al de Moscú para exigirle reparaciones de guerra por los daños que el general comunista Markos, bajo las órdenes de Stalin, ocasionó durante la guerra civil griega al socaire de la Segunda Guerra Mundial.