Metástasis del terrorismo islámico

Cabe decir que la acción terrorista habida ayer en la capital tunecina, iniciada contra el Parlamento nacional y rematada en una matanza de turistas, en el ataque al museo casi paredaño con la sede de la Cámara del Congreso, describe y simboliza con sangre el proceso de cuatro años que incluye principio y fin de la llamada “primavera árabe”. Esperanzadora dinámica de cambio político que, justo por allí – a la sombra de la que fue Cartago – arrancó con el derrocamiento de la autocracia de Ben Alí. Personaje iniciado políticamente en los tiempos del nacionalmente venerado, Habib Burguiba, y remató en desviación plutocrática de la simulación democrática en que había derivado el corrompido sistema de Gobierno.

Cuando por Siria aún colea, anegada en sangre como guerra civil, el remate de aquella aventura en que se quería ver el salto adelante y hacia la democracia de los Estados norteafricanos – aflorados con la descolonización sobrevenida al cabo de la Segunda Guerra Mundial -, el desenlace o efecto más notorio, descontada la recuperación tunecina de la democracia, ha sido, de una parte, la desaparición del Estado líbico y, de otra, la eclosión del yihadismo terrorista del autodenominado “Estado Islámico” (EI) al aire de la descomposición bélica del régimen de Damasco, y la desvitalización nacional de Iraq tras de la guerra Estados Unidos contra el régimen de Sadam Hussein y la sustitución del dominio de las suníes por la de los chiíes – más numerosos – tras del establecimiento de la democracia, que llevó a éstos desde su mayoría demográfica a convertirse en mayoría política.

De esta tensión dialéctica entre ambos sectores islámicos del mundo mesopotámico, saltó la chispa terrorista del EI, que en su virulencia ha rebasado de largo a las huestes de Al Qaeda. El doble ariete del terrorismo suní opera como una pinza: además de los frentes de Iraq y Siria, en el norte de África y en el mundo subsahariano. Desde el Índico al Atlántico. Algo que opera como eco, o como, viaje de vuelta, desde Oriente a Occidente, del movimiento de agitación que cuatro años atrás arrancó desde el mismo Túnez. Al que ahora ha llegado la gente de Al Baghdadi queriendo asaltar el Parlamento. Mientras sus cofrades se han topado, Sahel adelante, con los Gobiernos de la zona: animados éstos desde la experiencia padecida por Somalia y también, en parte, por Kenia de una parte y por Nigeria, dónde Boko Haram acaba de rendir pleitesía política y ofrecer obediencia militar al autollamado Estado Islámico.

En todo caso, lo ocurrido ayer en Túnez es significativo síntoma más de cuantos componen el síndrome desde el que se ha disparado la alarma militar occidental ante lo que significa este proceso de activación terrorista, en el que constituye un ingrediente, tan significativo como alarmante, la proliferación del proselitismo yihadista en el seno de las comunidades musulmanas asentadas en las naciones occidentales, tanto las europeas como en Estados Unidos. Pero lo de Túnez ayer tiene un significado simbólico de la mayor expresividad y envergadura. La fuerza bruta, como el Derecho y el Orden, comparte el horror al vacío.