Salto cualitativo de la represión política en Venezuela

La desembocadura represiva y dictatorial de la gestión política (¿?) de Nicolás Maduro en la presidencia de Venezuela ha llegado más allá del encarcelamiento sin juicio previo de los líderes de la oposición y de parlamentarios disidentes, a la violencia armada en la represión de las manifestaciones estudiantiles. Así, se repiten muertes de jóvenes manifestantes: una vez el año pasado, por impacto de bala de goma disparada a corta distancia; y otra, este martes último, la de un chico de 14 años, de un disparo en la cabeza hecho por un oficial de la PNB (Policía Nacional Bolivariana). Tan enorme brutalidad represiva ha llevado a que el propio Maduro se viera obligado a tomar cartas en el asunto, ordenando ante la galería la identificación y el arresto del policía.

En este orden de realidades represivas dentro la deriva totalitaria que padece Venezuela, la situación ha llegado al punto de que Amnistía Internacional ha denunciado la situación en términos que no había hecho hasta ahora, pese a la gravedad de las brutalidades policiales habidas hasta el presente contra los manifestantes cuando las contramanifestaciones promovidas desde el régimen chavista en la actual fase del “madurismo”, no bastaban como fuerza disuasoria frente a la pública y masiva expresión de la recrecida disidencia por parte de las mayorías sociales.

Por más que el encarcelamiento del opositor Leopoldo López, encarcelado desde hace un año sin juicio previo, y de la brutalidad aplicada a la detención en su despacho, sin mandato judicial alguno, de Antonio Ledezma, alcalde Caracas -encarcelado de seguido en la misma prisión militar dónde permanece recluido Leopoldo López-, acusado de conspiración que habría conducido a un golpe de Estado. Han sido hitos represivos con significación objetiva de distinto y superior entidad, en cuanto exponentes de una degradación tan profunda de las libertades políticas en Venezuela. Pero la activación de la denuncia por parte de Amnistía Internacional es algo que vendría a probar a ojos del mundo que el chavismo venezolano se encuentra desbordado.

Ello pone de manifiesto, de otro punto, la contradicción de fondo en que incurre el presidente Nicolás Maduro al acusar de golpista al alcalde de Caracas cuando blasona de la lealtad política de las FF.AA. además de tener militarizada a la propia policía venezolana. Asimismo, por si algo faltara en términos de control y asistencias para la perpetuación de la deriva dictatorial por la que tanto ha avanzado la Venezuela de Nicolás Maduro, se encuentra la infiltración en los resortes estatales de los servicio secretos del castrismo, remunerados desde Caracas con los 200.000 barriles/día, en que se calculan las entregas de petróleo al régimen de La Habana.

El adoctrinamiento de que fue objeto en su día Maduro por los “Talleres Revolucionarios” de La Habana es dato bastante para explicar el género de brújula con la que se orienta el sucesor Hugo Chávez: también abducido por La Habana, como cabe deducir, cuando lo nombró sucesor suyo el día que el cáncer le tomó de la mano cuando se lo llevaba a la tumba.