Expansión crítica del Estado Islámico

El degüello ritual en la descompuesta Libia de 21 cristianos coptos, emigrados desde el vecino Egipto, y la respuesta del Gobierno de El Cairo, apoyada políticamente por la facción líbica del territorio oriental establecida en Bengasi, capital de la Cirenaica, marca el límite entre un antes un después en el crecimiento territorial de la franquicia de Al Qaeda, enclavada hasta ahora en sendos espacios minoritarios de Iraq y Siria. La respuesta consecuente con la enésima bestialidad del EI, decidida junto al Nilo y sustanciada con un ataque aéreo en la madrugada de ayer sobre enclaves y diversos emplazamientos de estos yihadistas – que emulan las prácticas de sus correligionarios iraquíes y sirios- arrojaba al amanecer de este martes el balance de una cincuentena de terroristas muertos, además de cuatro civiles: mujeres y niños.

El salto de este yihadismo desde el Asia Menor al norte de África no sólo supone un hito en su proliferación como franquicias del último endemismo terrorista surgido a la sombra del Islam – entre los escombros de la invasión norteamericana de Iraq en 2003- sino que, al propio tiempo desemboca sobre la ya consumada implosión de Libia como país, como régimen y como Estado. Reducida también a escombros, igual que Siria, tras del paso por allí del tsunami que fue la llamada Primavera Árabe. Tenía razón Al Assad cuando vaticinó qué pasaría si no se le echaba una mano para no naufragar frente a una disidencia que tampoco era capaz de su victoria política, la del sunismo mayoritario, frente al minoritario chiísmo en que se apoya el régimen de Damasco.

Pero a estas alturas de la película, cuando el nacionalismo militar del actual Gobierno, revalidado y legitimado por las urnas – aunque nacido originariamente del golpe de Estado contra el poder islamista de los Hermanos Musulmanes -toma su aviación para castigar el degüello de una veintena de egipcios cristianos, es algo que tiene otra significación más importante aun que el salto continental del Estado Islámico de uno a otro Continente. Es el arranque de otro capítulo en la crónica de la conflictividad en que vive el mundo que se mueve entre el Mediterráneo Oriental y el Golfo Pérsico. El sentimiento nacional egipcio, cabría decir, ha comenzado con este bombardeo del EI en la Cirenaica líbica, a señalar – de una vez- que los cristianos coptos deben contar para sus gobernantes tanto como los egipcios musulmanes. Consideración en la que no caían, ciertamente, los Gobiernos de Mubarak ante los repetidos ataques de los islámicos radicales contra los templos cristianos y contra la vida de sus feligreses.

La expansión significativa y crítica del EI no está en Copenhague ni antes en París, en los ataques contra los irrespetuosos con los sentimientos islámicos, sino en la metástasis africana del terrorismo islamista. De otro punto, todo hay que decirlo, el hecho de que el caos líbico- reservorio ideal para toda suerte de extremismos – provenga en buena parte de los graves errores de estrategia política cometidos frente al impresentable Gadafi. Que también tuvo sus propias responsabilidades terroristas.