Nadie echa cohetes por los acuerdos de Minks

La entrada en vigor del alto el fuego en Ucrania este domingo y el conjunto de los acuerdos parciales suscritos en la Cumbre de Minks, aparece tomada con pinzas por parte de los propios suscribientes de lo obtenido al cabo de 16 horas de discusiones. Excepto el presidente Putin, que compareció ante los medios como único informador de lo convenido, tanto la Canciller de Alemania como el presidente de Francia se han ceñido a la más estricta sobriedad expresiva en sus comentarios al respecto. Merkel se limita a decir que “hay posibilidad real de cambio en Ucrania”; Hollande, el presidente de Francia, dice que “el pacto no garantiza éxito duradero”. Mientras de parte Ucrania se denuncia que, en plena negociación, Moscú envió armas a los rebeldes prorrusos.

Fuera de ese marco de protagonistas en la segunda Cumbre de Minks, desde Londres, el Premier británico, en implícitas funciones de portavoz del punto de vista general de Estados Unidos sobre la crisis de Ucrania, se adelantaba a decir que Europa mantendrá sanciones a Rusia si no hay cambios reales en el problema. Mientras tanto, durante el tiempo que se prolongó el debate del que nadie se adelantó a expresar mayores esperanzas de éxito, los choques armados arrojaron un balance de 16 muertes.

¿Entonces? Parece lo más razonable entender como resumen de la situación creada con la Cumbre de Minks, que se ha llegado a una situación de atenuado punto muerto. Es decir, un escenario de futuro provisional, con ventanas a un paisaje político – y aun militar también – que no alarma pero tampoco tranquiliza. Sólo los mercados, con la fluidez a corto plazo que suele caracterizarles, se apresuraban este jueves con reacciones alcistas.

Es lo más cierto que los nada enfáticos resultados de la Cumbre de Minks – pues los precedentes de la Conferencia de septiembre del año pasado tampoco abundan en motivos para el optimismo – se encuentran acompañados de la insistida posición norteamericana de enviar armas a Ucrania para equilibrar así los flujos de armamento que los rebeldes separatistas no han dejado de recibir desde Rusia. O sea, la dialéctica alternativa a que ha llevado hasta ahora el estéril debate diplomático en la capital de Bielorrusia.

Todo procede de un dato anterior al de la propia crisis nacional de Ucrania, forjada por Rusia dentro de la cultura geopolítica de la desconfianza que, entre otras torpezas, sembró el error garrafal de la OTAN con el daño territorial a Serbia a propósito del Estado kosovar. De alguna manera habría que “rebobinar”, en un compartido examen de conciencia entre la mayoría occidental (de la que España disintió entonces con algunos otros Estados) y el Gobierno ruso, para ir en serio a un turno de revisión de lo actuado desde aquello y que ha llevado a la reactiva brutalidad geopolítica cometida por Putin. En Ucrania ahora y antes en Georgia. A nadie conviene multiplicar la peste actual de los nacionalismos fraccionarios.