El tiempo en que rebrotó la Guerra Fría

La intervención rusa contra la integridad soberana de Crimea, al cabo de los meses de tensión en el otoño de 2013 llegaría poco después, en la primavera del año que se acaba, con la anexión de Crimea y su emblemático puerto de Sebastopol. Por ahí rebrotó de forma sustancial la Guerra Fría entre Rusia y Occidente que se vino abajo tras de la implosión de la Unión Soviética; antes había vuelto a repuntar, en 2008, cuando la guerra de Georgia y la subsiguiente anexión de Osetia y Abjasia.

La respuesta posiblemente menos esperada por Moscú fueron las sanciones económicas que le llegaron desde Occidente. Aunque no sólo las puntualmente reconocidas como tales, sino también por vía de la fractura material del control de los precios del barril de crudo en el mercado, a través de la irrupción de Estados Unidos mediante las nuevas tecnologías para extraerlo con la fragmentación de los esquistos bituminosos.

Aunque, geopolíticamente, la fragmentación más de verdad fue la del estatus quo energético en cuya virtud la Rusia de Putin, a la sombra del oligopolio de la OPEP con sus disciplinas contra el mercado, era de todos los exportadores cualificados el que más divisas recaudaba para sus arcas nacionales.

Con tan crecido carburante financiero, el Kremlin de la diarquía Putin/Medvedev podía permitirse soñar en la reposición de las condiciones geopolíticas configuradas en el tiempo soviético, algo dialécticamente legitimado con la estimación de que aquello, la desaparición de la URSS, supuso una “catástrofe geopolítica” para los intereses nacionales de Rusia. Y pensando quizá entonces este Kremlin de hogaño que el hecho de no encontrarse estigmatizado por el bolchevismo de antaño le investía de una legitimación suficiente ante el resto del mundo.

Pero no ha sido así. Y el alfil del nuevo petróleo, en el ajedrez de los equilibrios entre Euroamérica y Eurasia, ha supuesto poco menos que un jaque mate para los ensueños del nuevo paneslavismo. Las cuerdas se han tensado en términos moderadamente previsibles. Dicho de otra manera, relativamente negociables, a despecho de que de ahora en adelante no falten formas y liturgias ambiguamente dramáticas. Es decir, con manifestaciones rituales de alerta y cautelas militares, en las que cabe encuadrar las misiones de la aviación española sobre el espacio del Mar Báltico: en el marco de la operativa que tiene asignada en España como miembro de la OTAN.

Pero lo que sobrevuela por encima de todo es la realidad de que con el desplome del precio del petróleo se han desplomado también los sueños de la diarquía oligárquica que gobierna la Federación Rusa. El yihadismo en muchos chechenos por este cumplido año de 2014 puede resultar como la guinda del pastel de la rebrotada Guerra Fría.